Quizá la acusación hubiera quedado en nada, desmentida por las autoridades y silenciada por los medios, si no hubiera sido por la aparición de una fotografía, tan explícita, que se hacía difícil obviarla. La imagen de la cara destrozada de Unai Romano tras su paso por comisaría.
El escándalo subsiguiente tuvo cierta
repercusión, e incluso el Parlamento Vasco realizó una declaración pidiendo la
retirada de las acusaciones obtenidas bajo el efecto de la tortura. Ahora, casi diez años después, las distintas
instancias judiciales han ido rechazando los recursos de las defensas en ese sentido.
El escándalo ha pasado, y el manto de silencio ha vuelto a caer sobre la práctica
de la tortura en España. Aun a sabiendas de que el Relator Especial de Naciones
Unidas sobre la tortura, o Amnistía Internacional, han denunciado repetidamente
la práctica de la tortura en España; ni
los jueces, ni los medios de comunicación, ni los partidos políticos… parecen
preocuparse por ello; por el contrario, si se produce alguna rara condena
judicial, los torturadores son indultados.
Tal vez, dentro de unos años,
alguien siga aquí el ejemplo de Hanna Arendt, y nuestros hijos, avergonzados,
nos preguntarán ¿Si todos lo sabíais porque nadie dijo nada?
Juan Ibarrondo

