
Desde siempre, escribir ha sido y es un acto de
valentía; pero escribir desde la crítica y la deconstrucción, introduciendo
aquellos desplazamientos que abren un horizonte otro, traspasa ya el umbral de
la osadía y se convierte directamente en afrenta. El escriba desafía, osa,
desobedece. La palabra escrita permanece, y lo hace como trampa para la captura
de subjetividades, como el pliego acusatorio del poder inquisitorial, como la
interrupción reificadora de los procesos de subjetivación en que se desenvuelven
nuestras existencias. Escribir es gesto, arriesgarse a perder la libertad, y
ello en la misma medida en que lo escrito, lo legible, genera las condiciones de
posibilidad de nuestra propia emancipación. Al fin y al cabo, leernos es
construir el común. No es de extrañar, pues, que allí donde irrumpe el
acontecimiento y se es fiel a uno mismo, se terminen perdiendo los amigos;
"falsos amigos" ya tras la mutación de subjetividad que el acontecimiento
comporta y que los "amigos reales" atraviesan, a pesar de todo, junto a uno.




