| A PARTIR DE DERRIDA, SOBRE EL CORAJE DE ESCRIBIR |
|
|
|
| Escrito por Raimundo Viejo Viñas | |
| lunes, 28 de julio de 2008 | |
Desde siempre, escribir ha sido y es un acto de
valentía; pero escribir desde la crítica y la deconstrucción, introduciendo
aquellos desplazamientos que abren un horizonte otro, traspasa ya el umbral de
la osadía y se convierte directamente en afrenta. El escriba desafía, osa,
desobedece. La palabra escrita permanece, y lo hace como trampa para la captura
de subjetividades, como el pliego acusatorio del poder inquisitorial, como la
interrupción reificadora de los procesos de subjetivación en que se desenvuelven
nuestras existencias. Escribir es gesto, arriesgarse a perder la libertad, y
ello en la misma medida en que lo escrito, lo legible, genera las condiciones de
posibilidad de nuestra propia emancipación. Al fin y al cabo, leernos es
construir el común. No es de extrañar, pues, que allí donde irrumpe el
acontecimiento y se es fiel a uno mismo, se terminen perdiendo los amigos;
"falsos amigos" ya tras la mutación de subjetividad que el acontecimiento
comporta y que los "amigos reales" atraviesan, a pesar de todo, junto a uno.
Es precisamente este temor de la soledad, amenaza de privación del común, lo que prepara la hegemonía; resistírsele, el acto desobediente que nos abre a un devenir antagonista y nos sitúa de nuevo, ante la inevitabilidad de la fuga, en la senda del wobbly. De aquí que el fetichismo del acontecimiento se nos presente como política de la exclusión incluyente que instituye el poder soberano o que, en su defecto, este mismo induce bajo la forma-secta (así, por ejemplo, el trotskismo con 1917, el anarquismo con 1871 ó 1936, la nueva izquierda con 1968, la autonomía con 1977, etc).
La secta, forma política
por excelencia del repliegue identitario, se funda así en el mobbing afectivo,
en la externalización de las pasiones tristes necesaria a la instauración falaz
de la pretendida sociedad feliz de los verdaderos. No hay tierra prometida, sólo
éxodo, en el incesante proliferar de la multitud. En vano se afirma la condición
óntica de la multiplicidad representable del pluralismo liberal (la sociedad del
individuo-agregado: del individuo-ciudadano, del individuo-activista, del
individuo-asociado, etc.) cuando el poder constituyente nos convoca a la ruptura
constitucional y nos recuerda, irreversible, su estatus ontológico; ya se diga
con Alain Badiou -lo contrario del uno no es lo múltiple, sino la escisión-, ya
se diga con Mao Tse Tung -lo interesante no es cuando dos se reducen a uno, sino
cuando uno se divide en dos.
Escribir, decimos pues con Derrida, para
devenir singularidad cualquiera; no súbdito para el soberano, ni idéntico para
el proto-soberano (la secta), sino para afirmar nuestro ser en el mundo ante
todas las tentativas hegemonizadoras. Así Ferdinand Lassalle por voz interpuesta
de Rosa Luxemburg: "... ist und bleibt die revolutionärste Tat, immer 'das laut
zu sagen, was ist'" ("... es y sigue siendo el hecho más revolucionario siempre
'decir en alto, lo que es'"). La crítica, si algo significa, es, más allá de la
condición negativa de su verdad, herir con la palabra a quien pretende la
hegemonía. Y por ello, el acto de escribir, cuando poético, es escribir con
honestidad intelectual, desde el amor a nuestra singularidad cualquiera, que es
amor de cualquier singularidad; aparcando el miedo, trazando los signos desde la
escisión primera, desde la Tiamat mesopotámica, desde el Ur germánico. Sólo bajo
esta perspectiva merece la pena escribir hasta el final.
Raimundo Viejo Viñas |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
Recibirás un Boletín con nuestras recomendaciones.