| Entrevista a Mike Davis: la ciudad imperial y la ciudad miserable. |
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| Escrito por Tom Engelhardt (Mother Jones) | |
| martes, 26 de diciembre de 2006 | |
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La siguiente entrevista constituye una versión abreviada de la publicada por Tom Engelhardt en el número de mayo de 2006 de la revista Mother Jones, traducida por Jordi Mundó para Sin Permiso (www.sinpermiso.info, donde puede hallarse la versión íntegra). ¿Nos podrías introducir en el tema de la creciente conversión del planeta en conurbaciones pobres y degradadas? MIKE DAVIS.- Increíblemente, ni la teoría social clásica, ya pensemos en Marx o en Weber, ni la teoría de la modernización de la época de la Guerra Fría, fueron capaces de anticipar lo que ha ocurrido en la ciudad durante los últimos 30 o 40 años. Ninguna anticipó la aparición de una amplia clase, mayoritariamente constituida por jóvenes, que vive en las ciudades, que no tiene una conexión formal con la economía del mundo, y que no tiene ni siquiera la posibilidad de consumar esa conexión. Esa clase trabajadora informal no es el Lumpenproletariat, el proletariado en harapos, de Kart Marx, y tampoco pertenece a los barrios pobres con esperanza, como se creyó hace 20 o 30 años, formados por personas que potencialmente podrían llegar a formar parte de la economía formal. Abandonados en las periferias de las ciudades, habitualmente sin estar demasiado en contacto con la cultura tradicional de esas ciudades, esta clase trabajadora informal global está creciendo a una velocidad sin precedentes, sin que nada de eso haya sido previsto por la teoría.
M.D. Solamente en los últimos años hemos sido capaces de advertir el proceso de urbanización a escala global. Anteriormente, los datos eran poco fiables, pero Naciones Unidas Habitat ha realizado esfuerzos heroicos utilizando nuevas bases de datos, encuestas sobre vivienda y estudios de casos concretos, a fin de fijar una base de partida fiable para la posterior discusión sobre el futuro urbano. El informe que publicó hace tres años, El reto de las ciudades miseria, tiene una connotación de acta fundacional de un nuevo gran camino de exploración de la pobreza urbana que los asemeja a lo que en el siglo XIX representaron los trabajos de Engels, Mayhew o Charles Booth (o de Jacob Riis, en los Estados Unidos). Una estimación conservadora arroja la cifra de mil millones de personas que viven hoy en barriadas pobres y de más de mil millones de personas reducidas a la condición de trabajadores informales que luchan simplemente por sobrevivir. Van desde los vendedores callejeros hasta los trabajadores contratados por horas, pasando por las cuidadoras de niños, las prostitutas o quienes venden sus órganos para transplantes. Esas cifras son asombrosas, y lo serán más cuando nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos sean testigos de la explosión final de la población humana. Alrededor de 2050 o 2060 la población humana alcanzará su crecimiento máximo, que probablemente estará entre 10.000 y 10.500 millones de personas. No llegará a alcanzar los niveles de algunas de las anteriores predicciones más apocalípticas, pero alrededor de un 95% de este crecimiento se producirá en las ciudades del Sur.
M.D. El crecimiento futuro de la humanidad será en las ciudades, de forma abrumadora en las ciudades pobres, y mayoritariamente en las barriadas degradadas. La urbanización clásica vía el modelo Manchester/Chicago/Berlín/Petersburgo aún constituye el patrón que siguen China y algunos otros lugares. Cabe destacar, sea dicho de paso, que la revolución industrial urbana que acontece en China hace inviable que se repitan casos similares en otros sitios. China absorbe toda la capacidad de producción de bienes que requieren energía eléctrica (y cada vez más, bienes de cualquier otro tipo). Pero en China y en algunas otras economías adyacentes aún puede verse que el crecimiento urbano va acompasado con el motor de la industria. En cualquier otro lugar, lo que se está generando es crecimiento urbano sin industrialización; y aún más chocante: a menudo hay aumento de población, sin que haya crecimiento económico de ningún tipo. Lo que ha ocurrido en los últimos veinte años de historia es que las grandes ciudades industriales del Sur (Johannesburgo, Sao Paulo, Mumbai, Belo Horizonte, Buenos Aires) han sufrido una desindustrialización masiva, con descensos bruscos en las tasas de empleo del 20-40%. La mayor parte de las mega-barriadas pobres de la actualidad aparecieron en las décadas de 1970 y 1980. Antes de 1960 la pregunta era: ¿por qué las ciudades del Tercer Mundo crecen tan lentamente? En realidad, en esos momentos había escollos institucionales insalvables para una urbanización rápida. Los imperios coloniales aún restringían la entrada a las ciudades, mientras que en China y en otros países de filiación estalinista un sistema interno de pasaportes controlaba los derechos sociales, y por ende, la migración doméstica. El gran boom urbano empezó en la década de 1960, fruto de la descolonización. Pero entonces los estados nacionalistas revolucionarios defendían que el Estado debía jugar un papel integral en la provisión de vivienda e infraestructuras. En la década de 1970, el Estado empieza a replegarse, y en la de 1980, en la etapa del ajuste estructural, se inicia una década de abierta retirada del Estado en América Latina, y en mayor medida aún, en África. Para entonces, las ciudades subsaharianas ya están creciendo a una velocidad mayor que las ciudades industriales de la época victoriana en sus momentos de mayor eclosión; pero al mismo tiempo que crecían, empezaban a perder puestos de trabajo. ¿Cómo podrán las ciudades mantener el crecimiento demográfico sin que haya crecimiento económico (en el sentido en el que lo entienden los manuales de economía)? O, por decirlo de otro modo, ¿por qué, ante estas contradicciones, no han explotado ya las ciudades del Tercer Mundo? Bueno, en cierto modo sí han estallado. A finales de los ochenta y principios de los noventa se produjeron grandes algaradas contra la deuda y protestas contra el Fondo Monetario Internacional en todo el planeta.
M.D. Puesto que Los Ángeles aúna rasgos propios de una ciudad del Tercer Mundo y del Primer Mundo, se adecua al patrón global de malestar social. Algo que era completamente invisible para los políticos y líderes de Los Ángeles, pero que era obvio para cualquiera que conociera lo que ocurría en la calle, era el gran impacto que había tenido la recesión más grave desde 1938 en el Sur de California. Era evidente que el mayor daño no se lo había llevado la industria aeroespacial (sobre lo que se habían escrito ríos de tinta), sino los barrios de la ciudad habitados por pobres e inmigrantes. Durante el año en que viví en el centro de la ciudad, una ladera ocupada por un puñado de personas sin techo, hombres negros de mediana edad, pasó a estar ocupada por entre 100 y 150 jóvenes de procedencia latina. Esa gente, seis meses antes, tenían todavía trabajo, contratados por horas o como lavaplatos. Si el detonante fue la atrocidad que se cometió contra Rodney King y los agravios acumulados por la juventud negra en una comunidad en la que el empleo global significa crack, eso se convirtió en algo más complejo y de mayor escala por los saqueos generalizados en barrios latinos donde la gente pasaba hambre y vivía bordeando la condición de los sin techo.
M.D. En la década de 1980, el Banco Mundial, economistas del desarrollo y grandes ONG descubrieron que, a pesar de la renuncia casi completa del Estado a participar en la planificación y dotación de vivienda para los pobladores urbanos pobres, la gente seguía luchando por encontrar cobijo, por realizar ocupaciones ilegales y por sobrevivir. De esa realidad surgió la noción de la bondad de la urbanización autónoma. Denle a la gente medios, y ellos mismos construirán sus casas y organizarán sus barrios. En parte, se trataba de un encumbramiento plenamente justificado del urbanismo de los de a pie. Pero en manos del Banco Mundial se trocó en un nuevo paradigma: el Estado es cosa del pasado, que nadie se preocupe por él; la gente pobre puede improvisar la ciudad. Sólo necesitan micro-créditos…
M.D. Así es. Y entonces, milagrosamente, la gente pobre crearía sus propios universos urbanos, sus propios empleos. Planeta de ciudades miseria sigue deliberadamente el camino iniciado por el informe de Naciones Unidas El reto de las ciudades miseria, el cual nos alertaba de que la crisis global de desempleo urbano entrañaba el mismo tipo de amenaza para nuestro futuro colectivo que el cambio climático. La verdad es que este viaje virtual a las ciudades de los pobres es un intento de sintetizar una amplia literatura especializada en pobreza urbana y poblamiento informal. En el libro extraigo dos grandes conclusiones. La primera es ya no hay nuevas tierras disponibles para ser ocupadas. En algunos lugares, eso ocurrió hace ya mucho tiempo. El único modo que hay de construirse una chabola en tierra no ocupada es ocupando algún lugar tan peligroso como para que no pueda llegar a tener nunca valor de mercado. Si ahora nos alejáramos unas millas hacia el Sur y cruzáramos la frontera hacia Tijuana, rápidamente te darías cuenta de que las tierras en las que había verdaderos barrios surgidos de ocupaciones ilegales ahora pueden comprarse y venderse, y a veces incluso se subdividen para sacar más provecho de las mismas. La gente pobre de solemnidad de Tijuana que acampa al modo tradicional, sólo puede hacerlo en los barrancos y en los cauces de los riachuelos, y es muy probable que sus casas no logren mantenerse en pie más allá de un par de años. Eso es lo que ocurre en todo el Tercer Mundo. La ocupación de tierras se ha privatizado. En América Latina se le llama urbanización pirata. Allí donde veinte años atrás la gente ocupó tierras baldías, resistió órdenes de desahucio e incluso llegó a tener el reconocimiento legal por parte del Estado, ahora se pagan precios muy altos por pequeñas parcelas de tierra o, si no pueden permitírselo, se alquilan a otra gente pobre. En la mayoría de barriadas pobres, la mayor parte de los pobladores no son ocupantes ilegales, sino inquilinos. En el barrio de Soweto (Johannesburgo, Sudáfrica), podía verse cómo la gente llenaba sus patios traseros de chabolas para alquilarlas. La principal estrategia de supervivencia para millones de pobladores urbanos pobres que llevan suficiente tiempo en la ciudad como para poseer algún pedazo de tierra consiste en subdividir esas parcelas y alquilarlas a terceros, convirtiéndose así en terratenientes con algún poder sobre otras personas aún más pobres. Pero la válvula de escape, esta frontera de la tierra urbana libre que a veces se ha romantizado demasiado, ha tocado a su fin. La otra conclusión importante tiene que ver con la economía informal. Entiendo por tal la capacidad de la gente pobre para improvisar formas de ganarse la vida mediante actividades económicas no registradas oficialmente, como la venta callejera, el trabajo por horas, el servicio doméstico, o incluso los delitos por cuestión de pura subsistencia. La economía informal se ha romantizado más, si cabe, que la ocupación ilegal, con grandes alharacas sobre la capacidad de los micro-emprendimientos para sacar a la gente de la pobreza. Pero los datos de los casos estudiados en todo el mundo indican que eso ha llevado a que aún haya más gente concentrada en un pequeño número de nichos de supervivencia: demasiados cochecitos tirados por personas, demasiados vendedores callejeros, demasiadas mujeres africanas que convierten sus chabolas en improvisadas tiendas para vender licores, demasiada gente que lava ropa, demasiada gente haciendo cola en los lugares donde se ofrece algún trabajo.
M.D. Lo que digo es que los dos mecanismos básicos que tenían los pobres para acomodarse en ciudades en las que ya hace mucho tiempo que el Estado ha dejado de invertir han llegado al límite de sus posibilidades, precisamente cuando somos conscientes de que ha habido dos generaciones consecutivas de rápido crecimiento de las ciudades pobres. La siniestra pero evidente pregunta que hay que hacerse es: ¿qué hay más allá de esta frontera? Esta idea la resumes en la siguiente cita de Planeta de ciudades miseria: “Con una gran valla protegida con sistemas de alta tecnología bloqueando la migración a gran escala hacia los países ricos, sólo las barriadas pobres siguen siendo una solución factible al problema del almacenamiento de la humanidad excedente de este siglo”. M.D. Las dos ciudades pobres más importantes del siglo XIX en Europa que responden a este patrón fueron Dublín y Nápoles, pero nadie las concebía como el futuro esperable. La razón por la que no hubo más Dublines y Nápoles fue, por encima de cualquier otra consideración, la existencia de la válvula de escape de la emigración atlántica. Hoy, la mayor parte del Sur tiene limitada en la práctica su capacidad de migración. Históricamente, no hay precedentes, por ejemplo, del tipo de fronteras que se han construido en Australia y en Europa occidental, fronteras deliberadamente diseñadas para excluir de una forma absoluta, con la excepción de un limitado flujo de trabajadores técnicamente capacitados. Históricamente, la frontera de Estados Unidos con México ha sido otra cosa. Actúa de presa que regula el suministro de fuerza de trabajo, sin cerrar nunca por completo el flujo. Pero, más en general, la gente que hoy vive en países pobres no tiene las oportunidades que en el pasado tuvieron los europeos pobres. Fuerzas inexorables están expulsando a la gente de su medio natural y esta población, convertida en excedente por la globalización económica se amontona en las conurbaciones pobres, en las que ni hay naturaleza, ni propiamente tampoco ciudad, razón por la cual tienen hoy los teóricos urbanos tantas dificultades para catalogarlas. En los Estados Unidos llamaríamos a esas áreas exurbia pero aquí las ex-urbes son un fenómeno algo distinto. Si observas las ciudades estadounidenses, lo más sorprendente es el asentimiento exurbano: personas que antes viajaban para ir al trabajo desde el campo hasta los confines de las ciudades, ahora viven en McMansion's o incluso en terrenos aún más amplios con más vehículos todo terreno estacionados frente a sus casas que antes. Consiguen que el suburbio tradicional de los años 50 de Lewittown, con sus casas hechas de materiales baratos y sus pequeños habitáculos, parezca medioambientalmente eficiente. En otras palabras, cuanto más se desplaza la gente de la clase media, tanto más aumenta la huella que dejan el medio ambiente. La otra cara de este asunto es la de la gente más pobre que vive apiñada en los lugares más peligrosos de las laderas montañosas, cerca de vertederos tóxicos, viviendo en llanuras inundables, año tras año a la cabeza del número de víctimas causadas por desastres naturales (algo que tiene más que ver con los esfuerzos desmedidos que la gente pobre tiene que hacer, que con supuestos cambios naturales). En las ciudades más grandes del Tercer Mundo siempre te encuentras un área en la que algunas de las personas más ricas viven en comunidades protegidas fuera de los suburbios, pero lo que sobre todo te encuentras es a dos tercios de los pobladores de barriadas pobres del mundo apilados en una especie de tierra de nadie urbana.
M.D. Así es, porque se trata de urbanización sin urbanidad. Un ejemplo de esto es el del grupo islamista radical que atacó Casablanca hace unos años, formado por unos 15 o 20 chicos pobres que habían crecido en la ciudad, pero que nunca se habían sentido parte de la misma. Habían nacido en los límites, no en barrios de clase trabajadora y pobre tradicional que dan apoyo a un movimiento islamista no nihilista, ni tampoco eran personas que provinieran del campo y nunca hubieran logrado integrarse en la ciudad. En sus mundos de barriadas pobres, la única clase de sociedad o de orden lo proporcionan las mezquitas o las organizaciones islamistas. Hay versiones de los hechos que cuentan que algunos de los chicos que realizaron el ataque no habían estado nunca en el centro de la ciudad, y esto, en mi opinión, se convierte en una metáfora de lo que está ocurriendo en todo el mundo: existe toda una generación que ha vivido confinada en vertederos, y no sólo en las conurbaciones más pobres y asilvestradas. Tomemos Hyderabad, el escaparate de la alta tecnología de la India, una ciudad de 60.000 trabajadores del sector de la informática e ingenieros, con un estilo de vida que imita al del Valle de Santa Clara, en California, y en donde se puede acudir a una cadena Starbucks. Bien, pues hay que decir que Hyderabad está rodeada de inacabables barriadas pobres pobladas por varios millones de personas. Hay más recolectores de basura que ingenieros de software. Algunos de esos pobladores urbanos inexorablemente destinados a seleccionar los detritos de la economía de alta tecnología han sido expulsados de las barriadas pobres más cercanas al centro, a fin de liberar espacio para los parques de investigación de la nueva clase media.
M.D. Exactamente. Bagdad se ha convertido en el paradigma de la quiebra del espacio público, e incluso de la desaparición del espacio en el que conviven los extremos. Los barrios en los que convivían integrados suníes y chiítas han sido rápidamente desbaratados, no sólo por la acción estadounidense actual, sino también por el terror sectario. Sadr City, en su momento llamada Ciudad de Saddam, situada en el cuadrante oriental de Bagdad, ha crecido hasta alcanzar proporciones grotescas (dos millones de personas pobres, mayoritariamente chiítas). Y sigue creciendo, como lo hacen también las barriadas pobres de los suníes, en esta ocasión sin que Saddam tenga nada que ver, sino por la desastrosa gestión estadounidense de la agricultura iraquí, en la que no se ha invertido dinero alguno de los programas de reconstrucción. Granjas enormes se han convertido en desiertos, mientras que todos los esfuerzos se han concentrado, sin demasiado éxito, en la reconstrucción del sector petrolífero. Debería ser esencial preservar cierto equilibrio entre el campo y la ciudad, pero las políticas de los norteamericanos no han hecho más que acelerar el abandono de las tierras. Naturalmente, las zonas francas constituyen comunidades protegidas, la ciudadela dentro de la gran fortaleza. Este es un fenómeno emergente en todo el mundo. En mi libro contrapongo este hecho al del crecimiento de las barriadas pobres periféricas. Puede observarse una clase media preocupada por conservar su cultura tradicional en la zona central de la ciudad y configurar un mundo en el que se desarrolle una forma de vida supuestamente californiana. Algunas de esas áreas disponen de tantos dispositivos de seguridad, que se han convertido en verdaderas fortalezas. Otras son suburbios de un estilo más típicamente americano, pero todas se organizan con la mira puesta en unos Estados Unidos de ensueño, y muy particularmente basadas en la fantasía de una California universalmente difundida por televisión. De modo que los nuevos ricos de Pequín pueden desplazarse del trabajo a su casa por autopista hasta llegar a áreas protegidas que tienen nombres como Orange County y Beverly Hills (también hay un Beverly Hills en El Cairo, así como un barrio entero diseñado según la estética de Walt Disney). En Yakarta ocurre lo mismo: zonas en las que la gente vive en unos Estados Unidos imaginarios. Proliferan como síntoma del desarraigo de la nueva clase media urbana en todo el mundo. En el mismo proceso se observa la obsesión creciente por poseer cosas que pueden verse por televisión. De modo que te encuentras con arquitectos del Orange County real diseñando un Orange County en las afueras de Pequín. Existe un mimetismo tremendo con todas las cosas que la clase media ve por televisión o en las películas.
M.D. Sin duda. Lamentablemente, la mayor parte de la clase alta blanca de Nueva Orleáns preferiría vivir en una versión de parque temático del Nueva Orleáns histórico, antes que hacer frente a la tarea real de reconstruir la ciudad o de convivir con la mayoría afroamericana. Las expectativas de la gente de vivir de una forma auténtica hace ya mucho que han perdido la referencia de la realidad. En Ecología del miedo mostré cómo los Estudios Universal habían reunido todos los símbolos de Los Ángeles, habían realizado copias en miniatura de los mismos y los habían colocado en un lugar protegido llamado City Walk. De modo que cuando vas a la ciudad, visitas esa réplica (un equivalente de Las Vegas), en vez de acudir a la ciudad de verdad. Visitas el parque temático de la ciudad, que básicamente es un supermercado. Si vas al casino, ya has vivido la experiencia completa. Mientras tanto, los pobres tienen cada vez más vedado el acceso a la cultura y al espacio público de la ciudad, en tanto que los ricos voluntariamente abdican de ambos para convertir la arena de la ciudad en un espacio universal genérico que tiene rasgos idénticos en todos los países. La base común simplemente desaparece. Pero aún existen diferencias enormes entre culturas y continentes. En América Latina lo más terrible es el grado de polarización política que se alcanza, la ferocidad con la que la clase media se resiste a las demandas de los pobres. Chávez ha tenido que importar médicos cubanos porque sólo un puñado de galenos venezolanos estaba dispuesto a trabajar en los barrios pobres. Oriente Medio es muy distinto. En El Cairo, por ejemplo, en donde el Estado ha dejado de prestar servicios, o es demasiado corrupto como para prestar incluso los más esenciales, las necesidades son atendidas por profesionales islamistas. La Hermandad Musulmana ha substituido a los colegios de médicos y de ingenieros. A diferencia de la clase media de América Latina, que sólo se moviliza para preservar sus privilegios, se organizan para proporcionar servicios a los pobres, constituyendo una sociedad civil paralela. En parte está la obligación coránica de pagar un diezmo, pero significa algo que tiene importantes efectos sobre la vida de la ciudad.
M.D. Estamos asistiendo a la recreación de un mundo dickensiano de la pobreza de la era victoriana, pero a una escala que habría asombrado a los propios victorianos. De modo que, naturalmente, te preguntas si no estará regresando la preocupación que asaltaba a las clases medias victorianas por las enfermedades de los pobres. Su primera reacción ante una epidemia era irse a Hampstead, abandonar la ciudad, tratar de alejarse lo más posible de los pobres. Sólo cuando estaba claro que el cólera había cruzado los umbrales de las barriadas pobres y había llegado a alguna de las áreas habitadas por la clase media, se empezaba a realizar alguna acción sanitaria y se disponía algún tipo de infraestructura de salud pública. La fantasía actual, como en el siglo XIX, es que de algún modo podremos separarnos de los pobres, podremos erigir vallas a nuestro alrededor, o escapar hacia algún lugar donde no haya pobres. Creo que son pocos los que se dan cuenta de las inmensas, literalmente explosivas concentraciones existentes, que pueden propiciar la difusión de enfermedades. Hace más de veinte años, científicos muy destacados en el campo de las enfermedades infecciosas advirtieron en una serie de trabajos sobre los peligros de reaparición de determinadas enfermedades. La globalización, sugerían, estaba causando una inestabilidad ambiental y un cambio ecológico a escala planetaria, amenazando así el equilibrio entre los humanos y sus microbios de un modo que podía dar origen a nuevas plagas. Al mismo tiempo, alertaban del fracaso en crear sistemas de rastreo de enfermedades e infraestructuras sanitarias de una dimensión acorde con las medidas de la globalización. En mi libro revisé la relación existente entre las barriadas pobres, ubicuas en todo el planeta y siempre asociadas con desastres sanitarios, y las condiciones clásicas que favorecen la difusión de una enfermedad entre las poblaciones humanas. Por otro lado, me centré en cómo la transformación de los medios de vida estaba propiciando la aparición de nuevas condiciones para el surgimiento de enfermedades entre los animales y la subsiguiente transmisión de éstas a los humanos. La gripe es un paradigma muy importante de la enfermedad infecciosa. Su reserva primigenia se encuentra en el singular sistema productivo de la agricultura de la China meridional, en la que se produce una íntima relación ecológica entre pájaros salvajes, pájaros domésticos, cerdos y humanos. En el caso de la gripe aviar, en el mundo actual se han creado las condiciones óptimas para su difusión; además, el crecimiento de las conurbaciones pobres ha provocado un aumento de la demanda de proteínas en las dietas de la gente, y esta demanda no puede ser satisfecha por los medios de producción tradicionales de proteínas; esto se resuelve por la vía de la producción industrial de alimentos. Todo eso significa una urbanización de la producción de los medios de subsistencia elementales. En vez de tener 15 o 20 gallinas en algún patio y un par de cerdos en la granja, de lo que estamos hablando en lugares como los alrededores de Bangkok es de un auténtico cinturón de habitáculos aviares, algo parecido a lo que podríamos encontrar en Arkansas o en la zona noroeste de Georgia (millones de gallinas hacinadas en granjas de producción). Una densidad de aves como ésta jamás ha existido en la naturaleza y, según los epidemiólogos con los que hablé, es muy probable que esto favorezca la evolución acelerada de las enfermedades, pudiendo alcanzar una virulencia extrema. Al mismo tiempo, los humedales de todo el mundo se han degradado y las aguas se han desviado hacia otros lados, muchas veces para uso de la agricultura de riego, provocando así un desplazamiento de aves migratorias salvajes hacia los campos, arrozales y granjas. Toda esta revolución en los sistemas productivos de los alimentos básicos, particularmente la demanda creciente de carne de pollo –actualmente la segunda fuente de proteínas del planeta–, el crecimiento de las barriadas pobres, la degradación de los humedales, todo ha ocurrido a una gran velocidad entre los últimos diez o quince años; y de todas estas cosas estábamos advertidos por una generación entera de expertos en enfermedades infecciosas. Se trata de un desorden ecológico muy radical que ha cambiado la ecología de la gripe y las condiciones bajo las cuales las enfermedades animales pueden ser transmitidas a los humanos. También ha ocurrido en un momento en que la sanidad pública en gran parte del Tercer Mundo urbano se ha degradado. Una de las consecuencias del ajuste estructural de la década de 1980 fue que forzó a médicos, enfermeras y empleados del sistema público a emigrar, abandonando Kenia o Filipinas, pongamos por caso, para recalar en Gran Bretaña o Italia. Se trata de una fórmula infalible para lograr el desastre ecológico, y la gripe aviar es la segunda pandemia de la globalización. Hoy parece bastante claro que el VIH del SIDA surgió, al menos en parte, del comercio de carne de caza, puesto que los africanos occidentales se vieron forzados a regresar a la carne silvestre cuando las fábricas europeas empezaron a envasar al vacío las capturas de pescado del Golfo de Guinea, la principal fuente tradicional de proteínas de las dietas urbanas. También existe la hipótesis, corroborada por un buen número de evidencias circunstanciales, de que el VIH probablemente alcanzó su masa crítica en Kinshasa (Congo), una gran ciudad que es el ejemplo actual más palmario de lo que acaba ocurriendo cuando el Estado se hunde o se retira de la prestación de servicios públicos. De modo que aparecen el VIH, la gripe aviar, la SARS (otra enfermedad surgida del comercio de carne de caza, en esta ocasión en ciudades del sur de China, que se difundió por el mundo a una velocidad terrorífica). Éste es el futuro de las enfermedades…
M.D. Si, enfermedad en un mundo de ciudades miseria. Dada la combinación existente de barriadas pobres globales y cambios a gran escala en la ecología de los humanos y de los animales, algo como la extensión de la gripe aviar a toda la humanidad es casi inevitable. Sin embargo, más preocupante aún que la mera amenaza de la gripe aviar es la reacción contra la misma: una provisión inmediata de vacunas y antivirales, una atención exclusiva a la protección de la salud de las poblaciones en un puñado de países ricos, los cuales además monopolizan la producción de esa clase de fármacos. En otras palabras, el abandono consciente de los pobres. Si la gripe aviar no llega este año, sino dentro de cinco, habrá una diferencia en el nivel de protección en los Estados Unidos, Alemania o Gran Bretaña. Los pobres, en cambio, estarán donde están, particularmente en el caso de los africanos, que tienen el riesgo añadido del holocausto que está produciendo el VIH, facilitando que la población sea más propensa a contraer nuevas infecciones.
M.D. Sin pretender minimizar las contradicciones sociales explosivas que aún subyacen en las zonas rurales, está claro que la futura guerrilla, la insurrección contra el sistema mundial, se ha desplazado a la ciudad. Nadie ha entendido esto con mayor claridad que el Pentágono, y nadie ha lidiado con la misma intensidad con las consecuencias empíricas de esta situación. Sus estrategas están a años luz en la comprensión del fenómeno del mundo de las barriadas pobres con respecto a los geopolitólogos y responsables internacionales con una visión tradicional…
M.D. Sí, puesto que se dan cuenta de la inestabilidad potencial que creará, y acaso también están valorando los cambios ventajosos que puede producir en los equilibrios de poder internacionales. Lo que han demostrado los Estados Unidos en los últimos años es una extraordinaria capacidad para noquear la organización jerárquica de la ciudad moderna, atacar sus infraestructuras básicas y sus puntos de interconexión, borrar las emisoras de televisión y bloquear los puentes y las vías de suministro energético. Las bombas inteligentes pueden hacerlo, pero simultáneamente el Pentágono ha descubierto que esto no es aplicable a la periferia de barriadas pobres, a las zonas laberínticas, casi desconocidas, sobre las que no existen mapas, en las que no hay jerarquías definidas, que carecen de infraestructuras centralizadas y de edificios altos. Existe una clase muy singular de literatura militar tratando de adivinar qué es lo que el Pentágono ve como la tierra incógnita de este siglo, que hoy en día está representada por las barriadas pobres de Karachi, Puerto Príncipe y Bagdad. Todo esto remite a la experiencia de Mogadiscio (en 1993), que supuso un gran conmoción para los Estados Unidos y mostró que los métodos de guerra urbana tradicionales no funcionaban en las barriadas degradadas.
M.D. Podemos cometer carnicerías a gran escala, asesinando con relativa facilidad a centenares de personas. Lo que no sabemos hacer es cortar con precisión quirúrgica los nudos de interconexión básicos, puesto que éstos apenas existen. Porque ni estamos lidiando con un sistema que tiene un espacio jerarquizado, ni generalmente tratamos tampoco con organizaciones con estructuras jerárquicas. No estoy muy seguro de que el Consejo de Seguridad Nacional lo comprenda, pero para muchos estrategas militares es una obviedad. Si se leen los análisis del Army War College, por ejemplo, se descubre una geopolítica muy distinta de la que ha desarrollado el gobierno de Bush. Los encargados de planificar las guerras no hacen hincapié en ejes del mal o en supuestas conspiraciones, sino que ponen el énfasis en la realidad del terreno: esto es, en la expansión descontrolada de las barriadas pobres periféricas y en las oportunidades que éstas proporcionan a una miríada de opositores –barones de la droga, al-Qaeda, organizaciones revolucionarias, grupos religiosos– para conseguir hacerse fuertes en esos feudos. Utilizan tecnología GIS (Geographic Information System) y satélites para completar la información que les falta, puesto que normalmente el Estado sabe muy poco sobre sus propias barriadas pobres periféricas. El asunto del metabolismo de la violencia entre la ciudad de barriadas pobres y la ciudad imperial está conectado con una cuestión más profunda, la cuestión de la capacidad de acción humana. ¿De qué modo esta inmensa minoría de la humanidad que ahora vive en las ciudades, pero que está desterrada de la economía formal del mundo, podrá encontrar su futuro? ¿Qué capacidad tiene para actuar en sentido histórico? La clase obrera tradicional –como dejó bien claro Marx en el Manifiesto Comunista– era una clase revolucionaria por dos razones: porque no participaba en el orden existente, pero también porque estaba centralizada por el proceso moderno de producción industrial. Tenía un enorme poder social potencial para convocar huelgas, para simplemente detener la producción, para tomar las fábricas. Bien, pues ahora tenemos una clase trabajadora informal que no ocupa ningún lugar estratégico en el sistema productivo, en la economía, que sin embargo ha descubierto un nuevo poder social, el poder de trastornar la ciudad, de realizar actos significativos en la ciudad, que van desde la no-violencia creativa de las gentes de El Alto –la enorme barriada gemela de La Paz, en Bolivia, donde los residentes regularmente levantan barricadas en la carretera que va al aeropuerto, o cortan las vías de transporte para hacer oír sus demandas–, hasta la utilización, que se ha universalizado, de los coches bomba por parte de nacionalistas y grupos sectarios, a fin de golpear barrios de clase media, distritos financieros e incluso zonas francas protegidas. Pienso que hay diversos experimentos por doquier, ensayos de búsqueda de la forma más eficaz de utilizar el poder de subvertir la ciudad.
M.D. Ya se pueden ver elementos de una campaña incipiente. Sólo en el último mes se ha producido un atentado con coche bomba en la refinería de petróleo más importante de Arabia Saudita y ha estallado el primer coche bomba en el delta del Níger, en Nigeria. Nadie salió herido, pero hizo subir los precios del petróleo.
M.D. El caos no siempre entraña una fuerza maligna. El peor escenario imaginable siempre es aquél en que la gente es silenciada. Su destierro se hace permanente. Se está produciendo una selección implícita de la humanidad. Se designa a las personas que deben morir y se olvida el asunto del mismo modo que olvidamos el holocausto del SIDA o que acabamos siendo inmunes a las llamadas de socorro de las hambrunas. Hay que despertar al resto del mundo, y los pobres de las ciudades miseria y las barriadas degradadas están experimentando con un amplio abanico de ideologías, plataformas y modos de utilización del desorden: desde ataques casi apocalípticos contra la propia modernidad hasta atentados de vanguardia para inventar nuevas modernidades, nuevas clases de movimientos sociales. Pero uno de los problemas fundamentales estriba en que, cuando se tiene a tanta gente luchando por puestos de trabajo y espacio, la forma obvia de regularlos es mediante el surgimiento de padrinos, jefes tribales, líderes étnicos, que operan sobre principios de exclusión étnica, religiosa o racial. Eso tiende a crear guerras autoperpetuantes, casi eternas, entre los propios pobres. De modo que en la misma ciudad pobre puede hallarse una multiplicidad de tendencias contradictorias (gentes adorando al Fantasma Sagrado, o uniéndose en bandas callejeras, o formando parte de organizaciones sociales radicales, o convirtiéndose en clientes de políticos sectarios o populistas).
M.D. La ciudad es el arca en la que podríamos sobrevivir a la debacle medioambiental del próximo siglo. Las ciudades genuinamente urbanas son la forma medioambientalmente más eficiente que poseemos de existir en la naturaleza, puesto que pueden sustituir el lujo público por el consumo privado o familiar. Pueden cuadrar el círculo entre la sostenibilidad medioambiental y un nivel de vida decente. Sin embargo, por muy grande que sea tu biblioteca o tu piscina, nunca llegará a tener las dimensiones de la Biblioteca Pública de Nueva York o las de una gran piscina pública. Ninguna mansión, ningún San Simeón, serán nunca equivalentes a Central Park o Broadway. Sin embargo, uno de los mayores problemas radica en que estamos construyendo ciudades que no tienen cualidades genuinamente urbanas. En particular, las ciudades pobres consumen las áreas naturales y las cuencas hídricas imprescindibles para el funcionamiento de las ciudades como sistemas medioambientales, para su sostenibilidad ecológica, y las consumen tanto por la especulación privada destructiva como simplemente porque la pobreza tiende a ocupar cualquier espacio. En todo el mundo, la pobreza y el desarrollo de la especulación privada urbanizan las cuencas hídricas y los espacios verdes que las ciudades necesitan para tener un funcionamiento ecológico y ser verdaderamente urbanas. Como resultado, las ciudades pobres cada vez son más vulnerables ante los desastres, las pandemias y la catastrófica escasez de recursos, especialmente de agua. En sentido contrario, la mejor forma de afrontar el cambio medioambiental global es reinvirtiendo –masivamente– recursos en las infraestructuras sociales y físicas de nuestras ciudades, para así poder también reemplear a decenas de millones de jóvenes pobres. No debería caer en saco roto que Jane Jacobs –que tan claramente vio que la riqueza de las naciones se crea en las ciudades, y no en las Naciones– haya dedicado su último y deslumbrante libro al espectro de la época oscura que está por llegar.
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