En este texto, Doris Ensinger nos presenta la novela escrita por Jann Marc Rouillan Paul de Épinettes o la mixomatosis
panóptica (ed. Pepitas de Calabaza), una descarnada denuncia del actual sistema penitenciario inspirado en experiencias vividas y personajes reales. En él, se cuenta la
trepidante historia de Paul de Épinettes, llamado así por el barrio parisino de
Épinettes, donde, después de la Segunda Guerra Mundial, se
construyó una «célebre» cárcel de menores. Robos, atracos, amistad, camaradería,
amor y traición urden esta historia que bosqueja el ascenso y la caída de la
vida en rebeldía. Jann-Marc Rouillan (antes Jean-Marc) nació en 1952 en
Auch (Francia). Su activismo le ha llevado a pasar media vida en la cárcel, por
lo que conoce de primera mano todo aquello de lo que habla en este libro. En la
actualidad cumple el régimen de semilibertad y trabaja en la editorial
marsellesa Agone.
EL ESTADO COMO AMENAZA PERMANENTE DEL HOMBRE
O ¡PRESOS A LA CALLE!
Presentación del libro
Paul de Épinettes o la mixomatosis panóptica
de Jann-Marc Rouillan
Traducción* de Enrique Alda
Pepitas de calabaza ed. & Llaüt
Cuando me puse a trabajar en la presentación de este libro, aún sin saber qué iba a decir, empecé a poner un poco de orden en el desorden en mi mesa mientras se abría el ordenador. De repente, tenía en mis manos dos hojitas arrancadas hace tiempo de una agenda y el título del texto enseguida me llamó la atención. Lo sobrevolé y pensaba: ¡ésta es la introducción para presentar el libro!
Resumido, el texto dice así:
“El 13 de septiembre tuvo lugar, en la República Federal, un censo de la población; aparte de los datos habituales exigían esta vez explicaciones muy detalladas sobre las condiciones de vivienda y empresas industriales – para usos exclusivamente estadísticos, como se decía oficialmente. Para disipar la desconfianza, el presidente federal en persona tuvo que asegurar que ni la policía ni las oficinas de vivienda y hacienda tendrían acceso a las listas. ... Pero el 4 de octubre, los Ministerios de Interior y de Finanzas de Baja Sajonia decidieron utilizar los resultados del censo por razones de ahorro, como decían. Y también en los municipios del Sur de Alemania se utilizaron estas listas, a pesar de las promesas oficiales de que esto no ocurriría. Lo estremecedor de todo el asunto es que, en el fondo, nadie se indignó sobremanera. Desde el principio, la opinión pública no había esperado otra cosa. ... En efecto, es difícil imaginarse un caso que explicara de forma más clara la situación actual, ya que demuestra que el capital moral del Estado se ha agotado.
La generación anterior creció todavía con la idea de que una “declaración oficial” significaba un grado máximo de confianza. Hoy, sin embargo, el primer pensamiento ante un comunicado oficial es: ¡Seguro que hay gato encerrado! ...
¿Alguien puede imaginarse aún los otros tiempos? Aquellos tiempos, cuando el Estado era una dimensión invisible del cual apenas se percataba algo porque las oficinas de vivienda, hacienda y trabajo aún no existían y los cuestionarios para el censo tampoco. Si se hubiera preguntado a un ciudadano qué era, en el fondo, el Estado, hubiera contestado seguramente que el Estado es la fuente del Derecho y el guardián del orden y de la seguridad. Mas esto era antes de 1914, al final de un período largo de paz, cuando aún se creía en el Estado de Derecho y cuando se pensaba que la tarea más importante del Estado era garantizar la libertad individual de las personas. Con la primera guerra mundial el Estado dejó de ser un Estado de Derecho para convertirse paulatinamente en un Estado de poder –en definición de la autora del texto-. La disciplina se convirtió en el fundamento de este Estado de poder. Y el ideal ya no era la libertad personal, sino la autoridad. El Estado de poder piensa en categorías de objetos, en colectivos como ejército y consumidores y no cree en el sujeto, en el individuo...
Este desarrollo no ha terminado ni mucho menos con la Segunda Guerra mundial, porque ahora hemos entrado en la fase de las guerras civiles, la fase de la guerra permanente en el frente interior, y una vez más rigen la ley de la guerra y la disciplina de los Estados; disciplina máxima para salvar la libertad, así es la antítesis.
Hoy en día los gobiernos parecen más bien una fuerza de ocupación, en su propio país, que intenta derrotar al adversario ideológico, al enemigo interior. Por eso, el Estado moderno ha de ser, por su misma razón de ser, un Estado de poder, y casi se podría afirmar que los partidos no son otra cosa que ejércitos para la guerra civil.
Y con ello se impone la pregunta ¿qué espacio vital queda a las personas, en cuanto no sólo son ciudadanos, sino también individuos? ... La naturaleza del Estado depende de si los ciudadanos lo dominan o si éste domina a sus ciudadanos. El Estado moderno como Estado de poder representa una amenaza constante para las personas, y por ello el ciudadano de hoy debe ser opositor y debe oponer resistencia siempre y cuando el Estado viole el Derecho y no cumpla con su palabra.”
Este
texto cuyo título es precisamente El Estado como amenaza permanente del
hombre no es de una anarquista, como quizás se podría desprender. Fue
escrito por la periodista alemana Marion Gräfin Dönhoff, una liberal en el
sentido originario de la palabra, defensora siempre de la justicia y las
libertades individuales. Cuando escribió este artículo, en noviembre de 1950[1],
George Orwell había publicado -un año antes- su famosa novela 1984 en
la cual anticipó el Estado totalitario y preventivo. A pesar de vivir en
aquel entonces los años oscuros y duros de la guerra fría, esta novela era,
para la mayoría de la gente, pura ciencia-ficción y nadie podía imaginarse que
dos décadas después estaríamos de hecho en la siguiente fase del Estado, la del
Estado omnipresente, del Estado de control y vigilancia
permanente de los ciudadanos, con otras palabras del Estado panóptico.
El libro
de Jann-Marc Rouillan, Paul de Épinettes o la mixomatosis panóptica,
pertenece al género de la literatura carcelaria que comprende cartas, diarios,
autobiografías y biografías, relatos, poesía..., todos textos escritos por
personas que han sufrido el encarcelamiento, que escriben sobre la cárcel y
contra la cárcel. En la solapa del libro leemos: “Esta novela es una descarnada
denuncia del actual sistema penitenciario, un sistema que mantiene suspendidos
en el vacío a miles y miles de seres humanos, apartándolos para no incomodar la
mirada de la ciudadanía biempensante.” Para mí, el libro no sólo es una
denuncia del sistema carcelario, sino, como lo formuló una vez en un artículo
Luis Andrés Edo[2],
una denuncia de “la cárcel mayor: la sociedad”. Porque en la sociedad en que vivimos, con los
Estados nacionales cada vez más dependientes de una supraestructura compuesta
por muy pocas personas que dictan sus decisiones pasando por encima de todos
los principios democráticos, pues en esta sociedad las libertades individuales
prácticamente ya no existen y el control, la represión y esclavización son cada
vez mayores -véase las últimas decisiones de la Comisión de la UE sobre la
jornada laboral y el referéndum en Irlanda.
Volviendo
al libro, primero conviene quizás esclarecer la palabra *panóptico –que según
la definición del diccionario de la Real Academia significa:
*adj. Dicho de un edificio: Construido de
modo que toda su parte interior se pueda ver desde un solo punto.
Esta definición suprime naturalmente un elemento muy importante, porque el modelo de este edificio, el llamado Panopticon, no se ideó para cualquier edificio, sino precisamente para la construcción de fábricas, cárceles e instituciones similares. El inventor era un compatriota de George Orwell, pero no de la era del Gran Hermano, sino de mucho antes. Su nombre fue Jeremy Bentham que vivió entre 1748-1832. Unos doscientos años más tarde, Michel Foucault caracterizaba esta idea del Panopticon en su libro Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión como un principio importante de orden de las sociedades que él llama sociedades disciplinarias. Marion Gräfin Dönhoff, en su artículo, ya había hecho referencia a este aspecto de la disciplina como fundamento de los Estados modernos. Un párrafo de la obra de Foucault recogida por Rouillan, dice así:
«El modelo panóptico de Bentham plantea
la idea de que el poder debe ser visible y no comprobable.
Visible: el detenido tendrá siempre ante los ojos la alargada silueta de la torre central desde la que le espían.
No comprobable: el detenido no debe saber nunca que le están observando.
Pero debe estar seguro de que pueden hacerlo cuando quieran.»
El Panopticon tiene, por lo
tanto, un sector periférico donde cada uno es totalmente visible sin que nunca
vea a sus observadores, mientras que desde el centro se ve absolutamente todo
sin ser visto nunca. Hoy, esta arquitectura ya no
es necesaria porque las videocámaras instalables en cualquier sitio han asumido
la función de la torre central.
En el modelo panóptico aplicado a nuestras sociedades, la tierra es la zona periférica alrededor de la cual están instaladas las torres de vigilancia, es decir, los satélites que rodean nuestro planeta, complementadas por supuesto por videocámaras instaladas por doquier, algunas visibles, algunas invisibles. Están ahí, sabemos que observan todo, aunque no sabemos nunca cuáles son los datos que recogen; no podemos comprobar nada aunque intuimos que están acumulando datos, datos con los cuales construyen un perfil de nuestras costumbres, nuestros movimientos. También sabemos que pueden, si quieren, utilizar estos datos en nuestra contra.
Muchas de las cosas que se han inventado principalmente para usos militares fueron integradas después en nuestra vida diaria. Algunas nos parecen útiles, incluso indispensables para la vida moderna, pero cada vez que las utilizamos, dejamos huellas y pistas: las tarjetas de crédito nos delatan dónde compramos, qué compramos, por dónde nos movemos; email, internet y el móvil dejan huellas constantemente porque “el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas” garantizado por las constituciones se viola constante y descaradamente. Suecia acaba de aprobar una ley según la cual todas las comunicaciones electrónicas y telefónicas deben ser almacenadas y pueden ser controladas sin ninguna orden judicial y sin que exista sospecha alguna contra la persona. Alemania pretende introducir ahora una tarjeta electrónica que contenga todos los datos de los asalariados y que será obligatoria para solicitar determinados préstamos como las ayudas para las familias, etc. El argumento del Ministerio de Economía para almacenar los datos de más de 40 millones de alemanes es: el ahorro. (Como vemos, los argumentos no han cambiado absolutamente nada en sesenta años para justificar las decisiones del Poder). En este caso, puede ser un ahorro para la Administración, pero el ciudadano alemán estará obligado a pagar por esta nueva tarjeta. En todo caso, la seguridad de los datos almacenados está garantizada, dice el ministro...
El Estado
panóptico ha llegado ya a todos los ámbitos: las fábricas, empresas, tiendas
donde los patronos, con el argumento de querer evitar los robos, espían a sus
empleados; ha penetrado incluso en la Universidad, cuna y refugio de la
libertad, con alguna excepción, durante más de seiscientos años. A través de
fichas y portafolios, el profesor detallará a partir de ahora minuciosamente
sus programas y los contenidos de sus clases. Además, se fomenta la docencia
por ordenador con el argumento de que así el aprendizaje será más eficaz, más
económico –en el fondo será absolutamente controlable. Y así podemos decir, la
antítesis hoy es: control máximo para salvar la seguridad.
Pero
volvamos al libro de Rouillan. El narrador nos hace partícipes de la vida de
Paul, desde el ingreso, cuando el preso con la entrega de sus pertenencias
personales no sólo pierde la libertad, sino que es privado también de su dignidad
y de su identidad. A partir de este momento estará arrancado de su entorno
social y vital, la comunicación con todas las personas que le importan será
cortada, y el intercambio de palabras y frases (que no es comunicación) será
con personas que no le importan, pero que, en adelante, determinarán sobre su
vida; perderá su rol social y también el control sobre su vida la cual será
controlada por completo por aquellos que mandan ahí. La disciplina y el orden
son la máxima, cualquier infracción será contestada con un trato indigno o
vejatorio, cualquier comportamiento no tolerado en la cárcel será sancionado
con humillaciones, vejaciones, malos tratos, tortura. En la mayoría de los
casos, el preso estará indefenso, a la merced de los guardianes porque sólo los
grandes escándalos entre rejas encuentran el interés de la opinión pública. El
recluso –y la reclusa también- tendrá que adaptarse a esta vida aislada de la
familia, de los amigos y conocidos, y cada cual lo hará según su carácter, a su
manera. En un estudio sobre el sistema penitenciario alemán con el título La
derrota de la cárcel, el autor[3],
con 19 años de experiencia carcelaria, un “experto” del tema, analiza los
prototipos de presos. Según él, existen cuatro categorías: a la primera
pertenece aquel preso que rechaza la estancia en la cárcel y se retira a su
celda como si fuera una concha de caracol. A lo largo de la estancia en la
cárcel pierde cualquier competencia social y la capacidad de cuidar de sí
mismo. El segundo grupo son los conformistas que admiten su culpabilidad, que
fingen arrepentimiento y que muchas veces colaboran con el sistema y por eso
ocupan un puesto en las labores de la cárcel. El tercer grupo lo constituyen
los pragmáticos que mejor se adaptan a la realidad de la cárcel. Intentan sacar
provecho de las pocas ofertas que hay para mantener un poco de alegría y
disfrute de la vida. Al cuarto grupo pertenecen los auténticos rebeldes que se
oponen a las autoridades con insubordinación y actividades diversas. A veces
son filósofos convencidos de lo absurdo del mundo en general y de la cárcel en
especial. Sacan fuerza de la conciencia de que la libertad, la solidaridad y la
igualdad son valores que el Estado no debe tocar. Son los que más sufren, pero
que asimilan mejor la cárcel. Paul de Épinettes no pertenece ni al tercer ni al
cuarto grupo. Me temo que es de aquellos que rechazan su estancia en la cárcel.
Pero me estoy adelantando.
Regresemos al interior de
la cárcel. Tal como la mirada del recluso intenta captar algo del exterior, tal
como sus pensamientos atraviesan los muros y reviven la vida fuera, el
lector/la lectora mira a través de los muros para acompañar a Paul. Y al mismo
tiempo, mientras se adentra en esta vida carcelaria, empieza a comparar el
sistema intramuros con el extramuros: “Veinte metros cúbicos de vida
enjaulada”, dice Paul, y nos viene a la mente el pisito de treinta metros
cuadrados, ideado quizás para adaptarse paulatinamente a un espacio cada vez
menor hasta que finalmente ya no es pisito, sino celda. Le acompañamos en la
rutina diaria –el trabajo en el taller, el patio y el deporte, la ducha-, “una
vida cotidiana secuestrada”, pero si pensamos en la cotidianidad monótona, la
alienación de millones de trabajadores, la diferencia quizás sólo está en el
espacio, en la distancia para llegar al lugar del trabajo. Nos habla de la
soledad del preso en su celda-jaula, pero en la macro-cárcel la soledad afecta
a mucha gente, y aquí la diferencia está en que para escapar de ella quizás,
pero no necesariamente, hay más recursos extramuros.
Paul se
queja del silencio de los presos que para él es una forma de colaboración con
el sistema torturador. También nuestro silencio significa consentimiento con
las decisiones y medidas tomados por el Poder. Nos callamos por comodidad, por
impotencia, por miedo o porque esperamos que otros hablen en nuestro nombre.
Sin embargo, a veces, cuando se rompe el silencio, no es para denunciar las
constantes violaciones de los derechos, sino porque vox populi, el
“ciudadano biempensante” quiere manifestar su colaboración con el Poder. Piden
más cárceles, más penas, el cumplimiento íntegro de las penas, “que se pudran
en la cárcel”. Y el Poder corresponde con la construcción de más cárceles, más
años de cárcel y más penas de cárcel; cualquier trasgresión se castiga ya con
la cárcel: la quema de una foto, el ultraje a la patria, faltas o delitos
menores de tráfico como si el respeto a la vida y al prójimo se aprendiera con
el látigo y la reclusión. Según las tesis de Michel Foucault, el sistema carcelario
es un establecimiento para distraer de las maniobras ilegales de las clases
dominantes.
“Paul,
para sobrevivir un poco más, para no zozobrar”, rememora “algunos momentos
vividos (que) no desaparecen del todo jamás”, dice el narrador. Rememora y
revive episodios del pasado, compone los momentos como un puzzle. Y al final,
el recuerdo no sirve para sobrevivir, porque un día el pasado se convierte en
presente, quizás una vieja herida que se pensaba cicatrizada se abre otra vez,
“Paul pensaba domar el animal que le roía”, pero sucumbe a estos recuerdos que
le tienen agarrado y de los cuales ya no podrá liberarse. Le obsesiona saber
qué pasó, cómo ocurrió todo, dónde estaba la traición. Y se obsesiona tanto que
se mete en un callejón sin salida. Le ataca la mixomatosis, aquella
enfermedad infecciosa que no sólo afecta la piel y las extremidades, sino que
también produce ceguera y que no sólo afecta a conejos, sino también a otros
seres enjaulados. No habrá tratamiento ni cura ni escapatoria, poco a poco se
extiende la enfermedad. Paul se retira a su celda-concha de caracol, y
finalmente, “para acortar la agonía” sólo queda la destrucción:
auto-mutilación, suicidio, homicidio. La vida de Paul acaba en tragedia, como
la vida de tantos y tantos internos.
Ya en
1927, Kurt Tucholsky[4],
uno de los mejores satíricos y uno de los escritores más mordaces en lengua
alemana, escribió en su artículo sobre -y contra- “Los Jueces alemanes”: “No
existe el derecho estatal del castigo. Sólo existe el derecho de la sociedad de
ponerse a salvo contra las personas que ponen en peligro su orden.” Sabemos muy
bien que la violencia, en todas sus formas, produce de nuevo violencia, y una
institución que pisa constantemente la dignidad humana y los derechos humanos
no puede ser otra cosa que un criadero de violencia. Una de las consecuencias
del famoso ‘68’ fue un cambio en la concepción del delincuente, del castigo y
las penas de cárcel. En aquel entonces se publicaron libros con títulos como
por ejemplo Libertad en vez del castigo. Una defensa para la abolición de
las cárceles[5].
Con el cambio de los ochenta hacia los valores del conservadurismo y
neoliberalismo, todas estas ideas para solucionar conflictos de otra forma y
para mejorar la sociedad quedaron enterradas, es decir, mucho antes de que un
tal Sarkozy lo exigiera.
En fin y
en resumen, la novela es una denuncia dura contra la vida entre muros, pero
igualmente una denuncia del sistema panóptico que nos encadena y nos convierte
de nuevo en esclavos. Sin embargo, para
no caer en la melancolía, la resignación o la desesperación, para no quedar
atacados por la mixomatosis, propongo que nos dediquemos a lo que aún no
nos han podido quitar: disfrutar de la vida. Y para ello, propongo proceder al
aperitivo preparado por los compañeros del “Bar Casa Almirall” y hacer un
brindis por Jann-Marc Rouillan, por su libro y por todos aquellos y
aquellas que no deben estar en la
cárcel.
Doris Ensinger
Barcelona, 28 de junio de 2008
* Como profesora de traducción y traductora me hubiera gustado comentar la traducción, la labor de aquella “figura invisible“ que hace un trabajo inestimable como intermediaria entre lenguas y culturas. Si no lo he hecho es porque ni la lengua de partida, ni la final son las mías.
[1] Marion Gräfin Dönhoff: Der Staat als ständige Bedrohung des Menschen. Publicado por primera vez en Die Zeit, 9 de noviembre de 1950.
[2] Luis Andrés Edo: apuntes sobre la marginada sociedad carcelaria. En: Nada, Cuadernos Internacionales, Nº 2, 1979
[3] Hubertus Becker: Ritual Knast. Niederlage des Gefängnisses. Forum Verlag Leipzig, März 2008 (Necesitó más de dos años para encontrar una editorial para la publicación del libro).
[4] Kurt Tucholsky: Politische Justiz. Deutsche Richter. Rororo Hamburg, 1970
[5] Freiheit statt Strafe. Plädoyers für die Abschaffung der Gefängnisse. Ed. Helmut Ortner. Fischer, Frankfurt/M., 1981
| < Anterior | Siguiente > |
|---|



