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Eutsi - Pagina de izquierda Antiautoritaria
sábado
04. jul 2009
Inicio arrow Ecología arrow CHINA INVENTA MODALIDAD OLÍMPICA: TIRO A LAS NUBES.
CHINA INVENTA MODALIDAD OLÍMPICA: TIRO A LAS NUBES. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por José Antonio Morán Varela.   
martes, 29 de julio de 2008

china-getting-ready.jpgHace unos meses China anunció que impediría a cañonazos que las nubes monzónicas deslucieran el acto inaugural de las Olimpiadas. La falta de críticas a esta propuesta y la proximidad de la fecha,  invitan a retomar esta noticia para analizarla desde perspectivas que van más allá del derroche balístico.  No es casual que China, la recién incorporada a la bacanal capitalista, utilice el espectáculo deportivo para introducir como papilla infantil lo que es casi imposible de digerir: que en esta época en la que se comienzan a ver los estragos del cambio climático, precisamente se bombardee a las nubes para cambiar el clima. Los diseñadores de esta puesta en escena conocen las claves para convertir el esperado evento televisivo en un espectáculo capaz de embrutecer deliciosamente y camuflar con excusas deportivas su verdadero objetivo: sacar rentas de poder a costa de un atentado ecológico.

 

        


“El espectáculo es la pesadilla de la esclava

                                                                     sociedad moderna que en última instancia

                                                                    no expresa más que su deseo de dormir”

                                                                                                            (Debord)

                                                                    

Está anunciado: China impedirá con los medios a su alcance que la inauguración de las Olimpiadas del 8 de agosto se desluzca por las previsibles lluvias. No queda claro si lo intentará lanzando al cielo yoduro de plata a través de 6000 cañones para desviar las nubes de la zona, o atacando a éstas con diatomita desde aviones para evitar que descarguen sus aguas; mal asunto, en cualquier caso, éste de bombardear -como si de un enemigo se tratara- a nuestro líquido amniótico espacial, al oxígeno de nuestra escafandra planetaria. La noticia, que se conoció hace varios meses, en vez de críticas que interroguen sobre su trasfondo, en vez de preguntas sobre daños colaterales, en lugar de plantearse la posibilidad de retrasar dos semanas el evento deportivo evitando así los monzones (y por tanto el ataque)….lo que ha generado, en el mejor de los casos, es una expectación ante el combate que mantendrá la tecnología china con los fenómenos atmosféricos siempre que éstos acudan prestos a la cita señalada.

Dos lógicas se pueden distinguir en la trastienda de este acontecimiento: una es la del individuo-espectador que ávido de emociones consume todo lo que se le suministre siempre que esté masticado y no le distorsione en exceso, y  la otra, la de los tres poderes invisibles que nos llegan en el mismo lote y que saben hacerse omnipresentes a través de la seducción de las Olimpiadas: el de la técnica a la que se le considera sinónima del progreso, el de los deportes en cuanto domesticadores del ocio, y el del consumismo cuyo mejor escaparate actual es China. No es fácil distinguir las dos lógicas más allá del nivel analítico ya que entre ellas hay un pacto de sangre por el que se retroalimentan, se entrelazan y retuercen sobre sí mismas como dos culebras enroscadas

 

Un inocente en Disneylandia.

La parte del iceberg que aflora en esta noticia es la de un intento de modificación climática. Extraño proyecto en una época en la que comenzamos a percibir al cambio climático como el quinto jinete del Apocalipsis que se alimenta de los detritus de nuestras actuaciones. Más extraño aún si nos paramos a reflexionar que la modificación que se pretende no es derivada ni inconsciente sino directa y dirigida ¿Cómo explicar entonces que no haya voces discordantes ante la tentativa China? ¿Cómo seguir impertérritos sin plantearnos preguntas contextuales de mayor calado? ¿Cómo no conceder una medalla a la desfachatez por tamaña osadía?

Nada indica que este proyecto tecnológico sea inocente, ni que tampoco lo sea su puesta en escena. Los diseñadores tecnócratas acompañados por los publicistas de ideologías han cumplido a la perfección su cometido: que nadie se estremezca ante la posibilidad de que se manipule y controle el clima; hay que reconocer que se merecen el oro como organizadores de una carrera hacia el abismo en la que los corredores participan felices, inocentes y con los ojos tapados. Lo interesante es saber cómo han conseguido involucrar en esta carrera a todo el mundo sin que nadie sepa cuál es la meta. Dice Lipovetsky que cuando el mundo adopta un punto de vista delirante es sabio hacer lo mismo. Por eso ante el delirio del posible bombardeo-espectáculo de la  atmósfera el 8 de agosto (u otras fechas posteriores) cabe el delirio de imaginar el camino al que conducirá su posible éxito: hacia el control tecnológico de lluvias, sequías, monzones y heladas que serán justificadas ante la población como un logro para evitar el hambre, la sequía, las inundaciones y demás catástrofes; se crearán instituciones, fundaciones y ONG´s encargadas de vender esta idea, se diagnosticará como hereje a quien la ponga en duda, y cuando la gente lo haya aceptado de buena fe, se dará cuenta de que en realidad se ha creado un arma mortífera capaz de provocar hambre y destrucción al antojo de su dueño, y sin posibilidad de dar marcha atrás, y –como ya ocurre con las armas nucleares- quien la posea se considerará el bueno y tratará de impedir que otros la desarrollen. Lo bueno de esta reflexión es que los corredores conozcan la meta hacia la que van, lo malo es que la experiencia nos muestra que el razonamiento no es precisamente delirante.

Y detrás de esta puesta en escena nos encontramos con el individuo dejándose fascinar  por el espectáculo televisivo, embriagándose de proezas (ya sean deportivas o tecnológicas), disfrutando de la violencia del probable bombardeo, eludiendo cualquier análisis crítico o de responsabilidad colectiva, democratizándose en el consumo de ocio teledirigido, y divirtiéndose sin límites y sin plantearse las consecuencias de sus actos u omisiones. Se ha denominado de muchas maneras a este individuo-espectador,(1) pero lo que casi todas tienen en común es esa necesidad del hombre actual de sentirse como un niño esperando empaparse de novedades y mitos que le reencanten con el sueño de una adolescencia infinita para gozar de la inocencia con la que escapar de la responsabilidad de los propios actos, de leer el mundo en clave exclusivamente lúdica, y sobre todo, de no ver el abismo que acecha. Es como si el homo sapiens abjurara de tomar en sus manos las riendas de su historia y desarrollara  una querida hipertrofia de su responsabilidad.

 

¿ “Mens sana in corpore sano” o “panem et circensis”?

Poco tienen de inocentes sin embargo aquellos que organizan la puesta de largo del experimento atmosférico. Con una lógica en la que Maquiavello sería un simple aprendiz,  hacen coincidir este supuesto alarde técnico con las Olimpiadas que a su vez se producen en la época de enganche de China a la locomotora (más bien apisonadora)  consumista. Sin ningún tipo de coacción visible, y sin mentir ni decir la verdad, declaran bienvenidos a todos aquellos que quieran participar de esta bacanal en la que China subirá peldaños en el podium capitalista (adelantará al consumo europeo para 2010 y al de EEUU para el 2020), y en la que competirá en la carrera por el control del agua del que es pieza fundamental el dominio del clima.

Todo se mezcla pero nada es fruto del azar; como en toda macedonia los elementos que la componen, lejos de anularse u oponerse, se mezclan  buscando una coherencia final. Ciencia, capitalismo y Olimpiadas comparten su afán por la superación hasta convertir el ansia de éxito en una droga, por competir para llegar el primero, por sobrepasar los límites personales y naturales, por convertirse en una religión con su Olimpo y sus envidiados héroes que satisfagan hasta los más recónditos deseos infantiles, y por buscar toda proeza que se pueda convertir en espectáculo con el que fascinar al metafórico adolescente sentado ante la nada metafórica televisión. Mezcla de elementos donde subyace la mezcla entre la realidad y la ficción: hoy el hombre pretende estar seguro en su confortable hedonismo aceptando para ello cualquier acontecimiento que le agrande su estado nirvánico. Sin embargo no hace falta ser aguafiestas para comprobar que no todo camino emprendido por la ciencia es un progreso, que el elogiado capitalismo tiene un patio trasero muy sucio, y que las Olimpiadas cada vez están más lejos de su lema fundacional de buscar un cuerpo sano para tener una mente despejada.

 Las Olimpiadas en particular y los deportes en general comparten una espacie de halo en el que además de suponer el sano matrimonio entre cuerpo y mente, se da por aceptada su asociación con normas justas, universales e imparciales, una especie de hábitos modélicos y ecológicos de vida en quienes lo practican, y una recompensa al esfuerzo y a las capacidades; o sea, que son el marco ideal desde el que dejar caer cualquier sugerencia, -como la que nos ocupa- para que al abrigo de su sombra sea aceptada. Pero conviene ponerse unas gafas de sol para ver lo que se esconde tras esa luz cegadora y apreciar que ni son tan universales, justas e imparciales como se pretende, ni están tan aliadas con la causa ecológica, ni se desligan de los intereses políticos e ideológicos. (2) Lo que más interesa resaltar en este momento es cómo los deportes tampoco son tan buenos aliados del respeto a la naturaleza; el caso que analizamos es prototípico, aunque la lista sería interminable; sirvan como ejemplos la caravana de coches que triplica al número de deportistas en las competiciones ciclistas, o las competiciones de Fórmula Uno que arrojan 900 kilos de dióxido de carbono por prueba y consumen tanta agua en un día como la que gasta el municipio catalán de Montmeló (próximo al circuito que lleva su nombre) en dos semanas por poner un ejemplo. Lo peor de todo es que estos eventos pretenden hacer ver lo contrario: los Chinos dan vacaciones a los obreros de las fábricas cercanas a los estadios para evitar la contaminación durante la competición, y los ingenieros de los coches buscan combustibles menos contaminantes….pero ni las fábricas ni las carreras de coches detendrán su incremento de arrojar dióxido de carbono…y así, tal como intuyeron los romanos, (3) el gran circo continúa sirviendo de alimento ideológico. Una vez más, asistimos al espectáculo de aparentar que todo cambia para que todo siga igual.

 

Sin nubarrones no hay futuro.

Quien haya llegado hasta aquí en su lectura puede imaginar que detrás de estas líneas se esconde una concepción un tanto fúnebre y fatalista. Nada más erróneo. Estas reflexiones no pretenden ir contra el aspecto lúdico y dionisiaco de la vida, ni contra la técnica ni el progreso como principio, y ni siquiera minusvaloran los acontecimientos deportivos ya que entre otros aspectos se reconocen en ellos nuevas formas de identidades, de socialización, y de continuar la guerra por caminos menos tortuosos que los tradicionales. Lo que si van es en contra de esa forma de utilizar las Olimpiadas, y todo lo  que venga a cuento, para inculcar sibilinamente unas tendencias e ideologías de forma acrítica y dictatorial (4); van en contra de esa embriaguez colectiva que impide conocer la meta hacia la que nos dirigimos (y/o nos dirigen); y van, en definitiva, en contra de esa concepción de los amos del mundo en la que nos consideran a los ciudadanos como parias de la reflexión y funcionarios del sistema imperante.

Tienen razón los que afirman que en nuestros días el animador profesional acabó venciendo al revolucionario, (5) y por eso hoy las masas siguen a quien sabe encandilarlas con juegos, no a quien lucha por mundos utópicos; (6) los diseños sociales no se llevan a cabo desde una brutal violencia sino a través de una  seducción donde la responsabilidad esté ausente. Por eso, porque se trata de juegos, puede ser hasta sano denunciar al tramposo, y mirar el espectáculo, sí, pero no como el mirón amaestrado que el escaparate de las Olimpiadas necesita. Y es muy posible que desde esta atalaya nos demos cuenta de que las nubes no son enemigas, ni tenemos por qué convertirlas en prótesis intercambiables ni en argumentos de venta y de poder; es hora de que las retomemos como un componente necesario e intocable para que nuestra escafandra planetaria pueda seguir cumpliendo su función.

 

José Antonio Morán Varela.

 

      

 

   NOTAS:  

 

(1)   Aunque desde acepciones matizables, por ejemplo Edgar Morin le denomina “la clase adolescente”, Baudrillard “el mirón” y Lipovetsky “el turboconsumidor”

 

(2)  Sirvan como reflexiones los siguientes datos: las Olimpiadas están hechas por y a imagen y semejanza de las capacidades de los hombres quienes aún no hace mucho dejaron participar a las mujeres en pruebas en las que ellas no pueden hacerles sombra;(es curioso observar cómo deportes olímpicos recientemente incorporados como la natación sincronizada o la gimnasia rítmica son exclusivos de mujeres ¿será porque los hombres aquí siempre irían a la zaga?); hoy es imposible competir a nivel personal (sin representar a nadie más que a uno mismo, cosa que hasta no hace mucho se podía hacer) ya que iría en contra de la parafernalia de himnos, banderas y demás exaltaciones nacionalistas; ya no prima el participar sino el ganar, como en el capitalismo; los países periféricos son los invitados al gran festín pero únicamente sirven como comparsas necesarios para que las estrellas luzcan con más brillo; la publicidad es la que domina tanto a nivel de televisiones como de marcas comerciales; y lo del cuerpo sano quedó en entredicho en las Olimpiadas de Atlanta en 1996 donde ya se estimó que uno de cada dos deportistas estaba dopado.

 

(3) Es el “panem et circenses” que como mantra viene repitiéndose y realizándose de mil formas desde los romanos, y que en el fondo parte de una concepción un tanto idiotizada y animalizada del humano a quien lo único que le interesaría sería satisfacer sus instintos gástricos y lúdicos. Ésta sería la grieta que el manipulador ha descubierto para llevar a cabo sus planes.

 

(4)  Nadie duda a estas alturas que las Olimpiadas son un escaparate y altavoz en torno al cual se va más allá de lo deportivo. Señalemos un ejemplo. Hace  unos meses se diseñó una campaña para desprestigiar a los Chinos . Fue la campaña a favor del Tibet orquestada desde la CIA, Hollywood, y los lobbys antichinos de EEUU. Detrás de supuestas causas justas que buscan una independencia que ni ellos mismos aceptan en otros lugares, y de difusas argumentaciones sobre derechos humanos, omiten informar sobre cómo a  mediados del siglo XX los lamas y el resto de señores feudales actualmente autoexiliados en la India, pedían el 70% de las cosechas a sus siervos, a los que tenían analfabetizados en un 95% y no vivían más allá de los 35 años; el propio Dalai Lama, absorto en el mundo espiritual, poseía la corporalidad de 6170 siervos y 102 esclavos domésticos; a las mujeres -que junto a los siervos les estaba prohibido ver la cara de sus amos- se les inculcaba que repitieran el siguiente mantra:”que yo abandone este cuerpo femenino y renazca como varón”.

 

(5)  Es Lipovetsky quien acertadamente analiza cómo el siglo XX aportó estos dos iconos de movilización de masas: el revolucionario y el animador profesional que se suceden en el tiempo; el primero planificó la insurrección y el segundo organiza la distracción.

 

(6)  Tan clara es esta afirmación que hoy, más que nunca, la palabra utopía está relegada al baúl de lo negativo, de lo ficticio, de lo irrealizable, y ha perdido completamente esa otra acepción de “lo aún no realizado”, de faro que ilumina el camino a seguir, de avance hacia mundos mejores. El peligro es que al no querer caer en la cuenta de lo imprescindible de la utopía, únicamente quedan dos opciones: o seguir navegando en el fango de lo que existe, o convertirse en un peón inconsciente de las utopías diseñadas por otros. Lo malo, en definitiva, es que al mirar para otro lado para no ver hacia donde nos llevan acciones  como la aquí denunciada, nos conduce a una contratopía, es decir, una utopía en sentido negativo.

 

 

 

        

 

         

 

       

 

 

 

 

    

 

 

     

 
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