Esta mañana, como todas las mañanas, ha sonado el despertador a las cuatro y media. Con los ojos a ú n pegados por las legañas, he intentado incorporarme en la cama, pero las fuerzas me fallaban. Cinco minutos después he conseguido sentarme en el borde de la cama, deslizar los pies en las pantuflas y al cabo de medio minuto o así, he podido levantarme, arrastrar los pies hasta el lavabo y asearme vagamente. Este mes no he podido reunir dinero suficiente para comprar una bombona de gas, y no está la temperatura como para una ducha fría. Después he emprendido la rutina de envolverme el cuerpo con un grueso vendaje (para evitar rozaduras), sobre éste la ropa de todos los días (la lavadora se me ha estropeado, los vaqueros y el jersey negro tienen que durarme por lo menos una semana más). Un cuento de M José García Ripoll




