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Página de Izquierda Antiautoritaria

viernes, 03 sep 2010

MÉXICO: ESTAS RUINAS QUE VES

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Callejón de miraflores, dibujo de GerocaPuedes ser como el ganado, con el pienso asegurado
obediente y limitado por la valla del corral…
Puedes ser mal gobernado, votar y seguir callado,
puedes ser un desgraciado en un mundo policial…

La Polla

La grave situación económica que se vive en México, en efecto, golpea en sobre manera a los mexicanos que se encuentran en extrema pobreza, mas otros estratos sociales que otrora se hallaban relativamente estables también comienza a resentirla; en parte como consecuencia de políticas recaudatorias que, por un lado, otorgan exenciones, deducciones, subsidios y hasta créditos fiscales a los grandes empresarios; mientras que, por el otro, presionan a quienes, trabajando dentro de la legalidad, percibimos un ya de por sí precario salario. 

Y aunque las demostraciones de hartazgo hacia la aplicación de este tipo de políticas hacendarias —que lo único que garantiza es una repartición “democrática” de la pobreza— proviene de los más diversos sectores de la sociedad, también es cierto que muchos de éstos son los mismos que paradójicamente han contribuido a legitimar nuestro ineficiente, abyecto y cada vez más putrefacto sistema político.

 Sin duda, hay una responsabilidad compartida y en muchos casos hasta fuertes grados de complicidad entre sociedad y las aviesas instituciones políticas. Causa o efecto que tiene sus más hondas raíces en la ausencia de ética y, por ende, en el cotidiano ejercicio de la corrupción. Práctica que ha pasado de ser un modus operandi a un modus vivendi en nuestro país.

En la cultura institucional, por ejemplo, la hegemonía del estado ha impedido una verdadera transformación, tanto de forma como de fondo. “Sustentada, por un lado, en el desorden y opacidad que existe  en la gestión gubernamental del arte contemporáneo y, por el otro, en la profunda ignorancia sobre el funcionamiento del sistema  artístico que priva entre las cabezas de  las principales instancias culturales del país —Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Universidad Autónoma de México (UNAM)—, la hegemonía artística que ejerce un grupo que se expande entre los principales museos y galerías internacionales del Distrito Federal, se reproduce y fortalece a través del establecimiento de redes y vínculos con el mercado del arte y el mainstream institucional” (Proceso, 8 de noviembre de 2009). Y la situación, lamentablemente, no es muy distinta en el circuito del arte y la cultura “independientes” o “alternativos”; en éste son casi siempre las influencias —fortalecidas por excluyentes lazos familiares o por vínculos nacidos de las relaciones que se van dando entre quienes asisten a colegios privados—, y no la creatividad, la disciplina y la productividad, el camino para que un “artista” se convierta, de la noche a la mañana, en un importante y reconocido creador. Cacicazgo cultural que se extiende y beneficia también a becarios universitarios, investigadores, intelectuales, etc.

La educación, el último sector que podría haber generado un profundo y verdadero cambio en la sociedad, ominosamente agoniza. Las instituciones educativas, tanto públicas como privadas —muy independientemente de las consecuencias de los procesos de reforma del Estado, resultado de la aplicación de políticas impulsadas por organismos supranacionales como el FMI—,  se hallan, en mayor o menor medida, permeadas de una ingente corrupción que alcanza a todos los niveles y áreas. Rectores, directores, profesores, estudiantes y hasta administrativos se han acostumbrado al ambiente turbio que prevalece en escuelas, colegios, universidades y hasta centros de investigación.

En el deporte nacional las cosas no son distintas. Pero el caso del futbol es verdaderamente paradigmático. Y no me refiero, aunque no habría que soslayarlo, a los niveles de corrupción que mantiene anegados a todos los clubes del país —como sucede en muchas otras partes del mundo—, sino al fuerte referente en que se ha convertido, a pesar de sus tristes y ridículos resultados, la selección mexicana de futbol. ¿Será porque vemos en ella todo lo que en el fondo significa ser mexicano: mediocridad, autocomplacencia y falsa competitiva? Ya el ex diputado, ex gobernador y ex candidato presidencial Roberto Madrazo había dado una muestra bastante aleccionadora en el Maratón de Berlín 2007 —cuando, de forma marrullera, tomó un atajo para conseguir un tiempo record de 2 horas 41 minutos 12 segundos— sobre lo que un deportista, formado en la política mexicana, o un político, formado en el deporte mexicano, es capaz de hacer para ganar una presea internacional.

De tal forma que hacia cualquier sector o área del país que se mire, lo único que se discierne es un escenario desolador. En 1815 Simón Bolivar aseguraba: “… estamos dominados de vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia”. Por su parte Carlos Rangel, en Del buen salvaje al buen revolucionario, aseguraba que “el monopolio, los privilegios, las restricciones a la libre actividad de los particulares en el dominio económico y en otros, son tradiciones profundamente ancladas en las sociedades de origen español”. Sin duda, hemos heredado vicios que, aunados a otros más que ya existían entre las comunidades originarias, sólo han conseguido mantenernos en el subdesarrollo; pero también lo es que conscientemente nos aferramos a mantener vigente lo más pernicioso de nuestra cultura.

México se halla estancado porque es un  país en donde los críticos e intelectuales que hablan de “tomar el poder político y construir el poder social”, “reconstruir el país” o “refundar la República” son  los mismos que siguen justificando la existencia de organizaciones políticas[i] que, fortalecidas por la corrupción y alimentando a millones de rémoras del sistema, se han convertido en pesados lastres que impiden el desarrollo del país; en donde la iglesia católica abiertamente recobra el poder mediante influyentes representantes en el Congreso, la Suprema Corte de Justicia y hasta en la Comisión Nacional de Derechos Humanos; en donde, gracias a la aplicación de ineficaces políticas, la recesión económica mundial ha tenido uno de sus mayores impactos, y cuya caída propició que fuera una la única nación de AL en la que se incrementó el número de personas en pobreza extrema en dos años[ii]; en donde la violencia y la inseguridad aumenta exponencialmente todos los días; en donde la corrupción, el cinismo, la prepotencia, la impunidad, la mezquindad, el conformismo, la indiferencia, la autocomplacencia, la zalamería, la ineptitud, la mediocridad, el arribismo, el nepotismo, la traición y la mentira se encuentran profusamente arraigados en su cultura.

En Estas ruinas que ves, novela del extraordinario escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, los habitantes de un pueblo imaginario llamado Cuévano alardeando aseguran con nostalgia que éste ha “…pasado por mejores días”. Algo muy similar ocurre con en nuestro país: muchos historiadores, sociólogos, economistas y la población en general creen y expresan que México sólo está pasando por una profunda crisis, cuando de lo que se trata en realidad es de la continuación de una perpetua inestabilidad que, si acaso, ha atravesado por efímeras etapas de relativo equilibrio económico, político y social; o por “transiciones” que, como la Revolución Mexicana, han tenido la penosa peculiaridad de ser, sobre todo, gatopardistas.







[i] Al igual que los partidos políticos, los “grandes sindicatos” —el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), el Nacional de Trabajadores del Seguro Social (SNTSS), Mexicano de Electricistas (SME), de Trabajadores de la UNAM (STUNAM) o el de Trabajadores de la UAM (STUAM)— sólo privilegian los intereses de grupúsculos copulares.

[ii] Según los últimos datos de la CEPAL.

 

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Sin duda, hay una responsabilidad compartida y en muchos casos hasta fuertes grados de complicidad entre sociedad y las aviesas instituciones políticas. Causa o efecto que tiene sus más hondas raíces en la ausencia de ética y, por ende, en el cotidiano ejercicio de la corrupción. Práctica que ha pasado de ser un modus operandi a un modus vivendi en nuestro país.

En la cultura institucional, por ejemplo, la hegemonía del estado ha impedido una verdadera transformación, tanto de forma como de fondo. “Sustentada, por un lado, en el desorden y opacidad que existe  en la gestión gubernamental del arte contemporáneo y, por el otro, en la profunda ignorancia sobre el funcionamiento del sistema  artístico que priva entre las cabezas de  las principales instancias culturales del país —Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Universidad Autónoma de México (UNAM)—, la hegemonía artística que ejerce un grupo que se expande entre los principales museos y galerías internacionales del Distrito Federal, se reproduce y fortalece a través del establecimiento de redes y vínculos con el mercado del arte y el mainstream institucional” (Proceso, 8 de noviembre de 2009). Y la situación, lamentablemente, no es muy distinta en el circuito del arte y la cultura “independientes” o “alternativos”; en éste son casi siempre las influencias —fortalecidas por excluyentes lazos familiares o por vínculos nacidos de las relaciones que se van dando entre quienes asisten a colegios privados—, y no la creatividad, la disciplina y la productividad, el camino para que un “artista” se convierta, de la noche a la mañana, en un importante y reconocido creador. Cacicazgo cultural que se extiende y beneficia también a becarios universitarios, investigadores, intelectuales, etc.

La educación, el último sector que podría haber generado un profundo y verdadero cambio en la sociedad, ominosamente agoniza. Las instituciones educativas, tanto públicas como privadas —muy independientemente de las consecuencias de los procesos de reforma del Estado, resultado de la aplicación de políticas impulsadas por organismos supranacionales como el FMI—,  se hallan, en mayor o menor medida, permeadas de una ingente corrupción que alcanza a todos los niveles y áreas. Rectores, directores, profesores, estudiantes y hasta administrativos se han acostumbrado al ambiente turbio que prevalece en escuelas, colegios, universidades y hasta centros de investigación.

En el deporte nacional las cosas no son distintas. Pero el caso del futbol es verdaderamente paradigmático. Y no me refiero, aunque no habría que soslayarlo, a los niveles de corrupción que mantiene anegados a todos los clubes del país —como sucede en muchas otras partes del mundo—, sino al fuerte referente en que se ha convertido, a pesar de sus tristes y ridículos resultados, la selección mexicana de futbol. ¿Será porque vemos en ella todo lo que en el fondo significa ser mexicano: mediocridad, autocomplacencia y falsa competitiva? Ya el ex diputado, ex gobernador y ex candidato presidencial Roberto Madrazo había dado una muestra bastante aleccionadora en el Maratón de Berlín 2007 —cuando, de forma marrullera, tomó un atajo para conseguir un tiempo record de 2 horas 41 minutos 12 segundos— sobre lo que un deportista, formado en la política mexicana, o un político, formado en el deporte mexicano, es capaz de hacer para ganar una presea internacional.

De tal forma que hacia cualquier sector o área del país que se mire, lo único que se discierne es un escenario desolador. En 1815 Simón Bolivar aseguraba: “… estamos dominados de vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia”. Por su parte Carlos Rangel, en Del buen salvaje al buen revolucionario, aseguraba que “el monopolio, los privilegios, las restricciones a la libre actividad de los particulares en el dominio económico y en otros, son tradiciones profundamente ancladas en las sociedades de origen español”. Sin duda, hemos heredado vicios que, aunados a otros más que ya existían entre las comunidades originarias, sólo han conseguido mantenernos en el subdesarrollo; pero también lo es que conscientemente nos aferramos a mantener vigente lo más pernicioso de nuestra cultura.

México se halla estancado porque es un  país en donde los críticos e intelectuales que hablan de “tomar el poder político y construir el poder social”, “reconstruir el país” o “refundar la República” son  los mismos que siguen justificando la existencia de organizaciones políticas[i] que, fortalecidas por la corrupción y alimentando a millones de rémoras del sistema, se han convertido en pesados lastres que impiden el desarrollo del país; en donde la iglesia católica abiertamente recobra el poder mediante influyentes representantes en el Congreso, la Suprema Corte de Justicia y hasta en la Comisión Nacional de Derechos Humanos; en donde, gracias a la aplicación de ineficaces políticas, la recesión económica mundial ha tenido uno de sus mayores impactos, y cuya caída propició que fuera una la única nación de AL en la que se incrementó el número de personas en pobreza extrema en dos años[ii]; en donde la violencia y la inseguridad aumenta exponencialmente todos los días; en donde la corrupción, el cinismo, la prepotencia, la impunidad, la mezquindad, el conformismo, la indiferencia, la autocomplacencia, la zalamería, la ineptitud, la mediocridad, el arribismo, el nepotismo, la traición y la mentira se encuentran profusamente arraigados en su cultura.

En Estas ruinas que ves, novela del extraordinario escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, los habitantes de un pueblo imaginario llamado Cuévano alardeando aseguran con nostalgia que éste ha “…pasado por mejores días”. Algo muy similar ocurre con en nuestro país: muchos historiadores, sociólogos, economistas y la población en general creen y expresan que México sólo está pasando por una profunda crisis, cuando de lo que se trata en realidad es de la continuación de una perpetua inestabilidad que, si acaso, ha atravesado por efímeras etapas de relativo equilibrio económico, político y social; o por “transiciones” que, como la Revolución Mexicana, han tenido la penosa peculiaridad de ser, sobre todo, gatopardistas.

 

 

 

 



[i] Al igual que los partidos políticos, los “grandes sindicatos” —el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), el Nacional de Trabajadores del Seguro Social (SNTSS), Mexicano de Electricistas (SME), de Trabajadores de la UNAM (STUNAM) o el de Trabajadores de la UAM (STUAM)— sólo privilegian los intereses de grupúsculos copulares.

[ii] Según los últimos datos de la CEPAL.

 

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