Desde que se derrumbó el sistema financiero
global, no escuchábamos una frase que fue lugar común en los medios de
comunicación durante el tiempo de la euforia neoliberal: La bolsa se sitúa en
máximos históricos. Ahora, de nuevo volvemos a escucharla en los informativos. Sin
embargo, en estos tiempos de crisis, el sonsonete viene acompañado de
informaciones sobre otra subida histórica: la del desempleo. Si unimos ambas
frases el resultado es: La bolsa y el desempleo alcanzan niveles históricos.
¿Cómo se entiende esta oración compuesta de dos elementos aparentemente
contradictorios? Por Juan Ibarrondo.Hace ya mucho, por lo menos desde la década de los ochenta, los grandes capitalistas europeos: los banqueros, los gerentes de las multinacionales, los gestores de la Comisión Europea… vienen reivindicando una mayor flexibilidad laboral para reducir los gastos de producción (léase los salarios y el tiempo de ocio de los trabajadores) y así poder competir con economías menos regularizadas como la de Estados Unidos o Japón…
Ahora, a pesar de que la crisis la ha provocado precisamente esa desregulación de la economía, los poderes económicos ven llegada la hora para vencer las últimas resistencias sindicales, e implantar por fin un sistema basado en la flexibilidad laboral (léase precariedad laboral). El objetivo de esta política no es otro que el aumento de las tasas de beneficios de las empresas, el verdadero motor de la economía en el capitalismo. Vista la evolución al alza de las bolsas, y el repunte de la economía en los países centrales de la zona euro, parece que están consiguiendo su objetivo. Suben el paro y la bolsa, ergo la crisis la pagan las trabajadoras y trabajadores (cada vez más precarizados) en beneficio de los grandes accionistas. Desde luego esta situación no excluye riesgos de nuevas convulsiones financieras, ni la explosión de burbujas especulativas en un futuro próximo. La utopía neoliberal del fin de los ciclos económicos se ha demostrado como rotundamente falsa.
Más allá de esta lectura económica de la
crisis, nos adentramos en un tiempo en que el propio capitalismo enfrenta sus
límites de manera cada vez más clara. El filósofo zapatista John Holloway dice
que somos nosotros, los trabajadores difusos precarizados, los que provocamos
la crisis con nuestra rabia por no aceptar vivir un sistema invivible; y añade,
que también somos nosotros y nosotras quienes tenemos en nuestras manos la
posibilidad de superarla en beneficio del común y de la propia tierra. Es una
mirada a la crisis diferente a la del sindicalismo clásico, que pone el acento
en la creación de espacios autónomos no regidos, o no del todo
supeditados, a la lógica del capital.
Una voz que trata de despertar la confianza del proletariado global en sus
propias fuerzas. No podemos esperar que los beneficiados por el sistema tomen
medidas eficaces para solucionar el caos global: el hambre, la precariedad, la
agudización del deterioro ecológico, el genocidio, la guerra permanente contra
los desfavorecidos…
Eso es imposible porque tales cosas son inherentes a la
lógica del desarrollo capitalista. Un desarrollo sin límites, que fía la suerte
del planeta y sus habitantes (humanos o no) a una lógica economicista basada en
el aumento geométricamente acelerado de las tasas de beneficio. Entonces, sólo
queda la opción de plantar semillas que sean a la vez germen de destrucción del
viejo sistema (algo que posiblemente ya está sucediendo) y abono fértil para
nuevas formas de articulación social que puedan abordar los problemas de la
humanidad con nuevos mimbres. Mientras en wall street los brokers continúan
acumulando, y nada más lejos de su intención que lanzarse por las ventanas como
sus antecesores en el crak del 29; en esta nueva crisis son los operarios de
france telecom los que deciden acabar con su vida, hartos y desesperados por un
trabajo cada vez más deshumanizado.
La vieja consigna de: trabajar menos (y consumir menos) para trabajar (y consumir) todos está más viva que nunca.
Juan Ibarrondo.
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