Documental y Ficción,
Masculino/Femenino. Sujetos que se representan a sí
mismos, eso entra también dentro de la categoría de ficciones, de las ficciones
de lo humano y de las ficciones representadas. Las representaciones documentales
tienen una importancia política que ha sido ampliamente cuestionada sobre todo
recientemente, y a partir de la aparición de ese género tan de moda que se llama
“falso
documental”. Un subgénero que es tan viejo como el cine
mismo, pero que ha cobrado vigencia a partir de las tergiversaciones de
diferentes realidades que vemos, cada vez con más frecuencia, en los medios de
comunicación de masas. Eso que llamamos realidad, como vemos a diario en
televisiones y noticiarios, puede ser manipulado y lo es en aras de unos y otros
intereses. Yo diría que, también en el documental, lo es constantemente.
Según el crítico Henry Breitose “Una tendencia reciente en el documental contemporáneo es la de intentar salvar el espacio entre el Yo y el Otro y hacer experimentos con sujetos que se representan a sí mismos como quisieran ser vistos”.
El documental sobre gays, lesbianas
y transexuales ha sido un importante campo reivindicativo en el terreno de la
lucha cultural y su conexión con la política. Es el caso de los
trabajos de Rob Epstein y Jeffrey Friedman “El celuloide oculto”, sobre gays y
lesbianas y su progresivo destape en el cine de Hollywood, o “Parágrafo
175” sobre
la memoria silenciada de gays y lesbianas represaliados y exterminados por el
nazismo. Y en un nivel más independiente y marcado por la inmediatez los
documentales sobre raza, géneros y diversidad sexual “Paris is burning” de
Jennie Livinstong, “The Watermelon Woman” de Cheryl Dunye o “Tongues Untied” de
Marlon Riggs que nos alertan, sobre todo en el caso estos dos últimos, acerca de
las discriminaciones que – en cuestiones de etnia y clase - podemos estar
haciendo dentro de nuestras propias comunidades o subculturas más o menos
articuladas. Cuestiones que se ubican en el ámbito anglosajón pero que con la
llegada cada vez más frecuente de inmigrantes de diferentes procedencias a
nuestros [países] empiezan también a plantearse de un modo ya candente y urgente
en nuestros propios círculos cotidianos. Pero, a pesar de estas muy valiosas
aportaciones culturales y políticas, no podemos otorgar, a priori, al género
documental mayor función reivindicativa o mayor grado de efectividad
comunicativa que al género cinematográfico que le oponemos de un modo
categórico: “la ficción”. Ficción/Realidad, Documento/Representación,
Aquí/Allí, Siendo/Estando, Masculino/Femenino.
No es extraño que estos binarismos o dualidades funcionen, según en qué contextos, no sólo como absolutamente dependientes o exteriores el uno del otro sino, sobre todo, como ficciones del otro, subordinado, negado o reafirmado o como documentos de lo que queremos ser negando ser otro u otra. En su último libro traducido al castellano “Deshacer el género”, su autora, Judith Butler vuelve a plantear, tal vez con un tono- para mí- más político que en sus anteriores trabajos, una crítica a lo humano como una categoría universalizada y a la vez constituida de fisuras, ficciones y exclusiones. “El negro no es un hombre” dice Franz Fanon, tal vez porque ,en determinados momentos, lugares y situaciones, el reconocimiento como sujeto de los varones de color desaparece y sus derechos básicos, ésos que se llaman humanos, se le niegan. O porque aparecen feminizados o fetichizados como cuerpos saturados de raza y sexualidad por la cultura hegemónica blanca. “Las lesbianas no son mujeres” dice Monique Wittig en su libro “El pensamiento heterosexual” por la forma en la que escapan o pueden resistir al contrato masculino, falocéntrico y heterosexual. Una cultura que los y las convierte en exterioridad pero que, al mismo tiempo, los incluye como un “otro” del que depende una estabilidad en el privilegio.
La consideración de no humanos
de las personas intersexuales, que, al ver sus cuerpos medicalizados, son
despojadas del derecho a decidir sobre sí mismos y su subjetividad sexuada, es
para Butler un
continuum que no sólo ha llevado a la patologización de
la transexualidad a través de la llamada “disforia de género” sino también a la
reasignación forzosa de sexo a los bebés intersexuales. Esta deshumanización, en
determinados momentos o contextos de los sujetos por su raza, origen, clase
social, género u opción sexual es para ella parte del mismo continuum punitivo
que ha llevado a los asesinatos de odio, en EEUU, de Brandon Teena, Mathew
Sheppard y Gregg Araujo. Y en otras latitudes se cobra también cada año muchas
vidas por asesinatos de odio o ejecuciones todavía legales. Sin ir más lejos
hace poco en Portugal un grupo de chicos torturó y asesinó a la transexual
Gisberta, llamada por la prensa por su nombre legal, Gilberto.
Un crimen que, como en muchos otros casos, ha sido ninguneado por la prensa más
conservadora y que el propio gobierno portugués se ha resistido a calificarlo de
“crimen de odio”.
En todos ellos los prejuicios y el miedo a la
desestabilización social de una experiencia social de género distinta ha llegado
a la violencia más cruel y extrema. Algunos casos han sido objeto de filmes
documentales y, en el caso de Sheppard y Teena, también al origen de ficciones
teatrales como “El crimen de Laramie” o de ficciones cinematográficas como
“Boys don´t
cry” de Kimberly Pierce. El caso de Teena Brandon también
ha sido objeto de un documental. Sin embargo, en este caso, creo que el filme de
Pierce va mucho más lejos que el simplemente discreto y televisivo documental
“La historia de Teena Brandon”. La ficción es en este caso mucho menos fría y
menos patologizadora; no se limita a plantear un caso curioso o anómalo que
deviene en tragedia sino que articula, además de una denuncia, una serie de
incómodos interrogantes. La película de Pierce resulta con respecto al citado
reportaje televisivo menos docudramática y más perturbadora. Desde la ficción
nos muestra como Brandon Teena representa y crea una supuesta ficción sobre su
sexo y su género que pone en evidencia la ficción que también crean, reproducen
y articulan aquellos que lo rodean y serán sus ejecutores. La división entre los
géneros puede ser, pues, impuesta por la violencia más terrible, aunque también
a través de prácticas cotidianas y más o menos sutiles.
Una crítica que se ha hecho siempre al documental se refiere a sus límites reales como género de denuncia. Algo así como “me ocupo un rato de este u otro asunto y luego desaparezco”. “Muestro, denuncio, hago un gesto por esta o aquella causa y hago dinero”. Para Butler el significado de documentales como “Paris is burning” es otro ya que, como sabemos por sus primeros trabajos, esta apropiación de los códigos de género y sexualidad no es una caricatura sino una puesta en la picota del binarismo mujer/hombre desde una posición heterocentrada. Es la demostración de que hay una ficción inalcanzable que intentamos convertir o hacer pasar por real continuamente, aunque se cree y se reifique a través de diversos discursos de poder y saber que atraviesan nuestros cuerpos e incluso nuestras concepciones de nosotros mismos como más o menos humanos. Y la cuestión de la raza tampoco escapa, para ella, a la crítica foucaultiana del poder productivo y discursivo, que sujeta a la vez que crea. El documental surge entonces de una necesidad no sólo de denunciar sino también de mostrar algo como forma de incitación a hablar de ello. El filme, denominado de “no ficción”, sobre gays y lesbianas puede ser pues también una categoría etnográfica -investigo sujetos o grupos poco investigados- pero los realizadores y realizadoras del cine queer y más independiente han puesto en la picota la cuestión central: que sean los propios los propios sujetos que escapan a lo heteronormativo quienes hablen de sí mismos y articulen una mirada fílmica y una visión del mundo propias, sin intermediarios, reclamando la multitud diaspórica de su subjetividad.
Eduardo Nabal Aragón
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